Vuelos, descensos y caídas del taller literario de la Asociación Cultural Rumbo

17 de junio de 2012

EN LAS VIAS DEL TREN, por Blanca Ciffo


"Las vias del tren y la caseta"- Pailla


Pasé mi niñez y parte de mi juventud en una casa  que lindaba con las vías del tren.
Quizás fue la nostalgia por aquellos tiempos la que me impulsó a volver a caminar por esas  vías, aquel domingo iluminado por ese magnífico sol otoñal. Guardé unas mandarinas en los bolsillos y marché a paso firme, como solíamos hacerlo con mis primos.
Al ir de un durmiente a otro, las imágenes de la infancia colmaron mi mente y, en ese  vaivén  de recuerdos,  mis  pensamientos llegaron mucho  más atrás, hasta aquella apasionada noche en que mis padres  celebraron el primer año de casados y en la que mamá había  olvidado  tomar la píldora de los veintiocho días.
En aquel arrobamiento me largué a una  carrera vertiginosa con deseos de  llegar a la vida. Al principio  no hallaba el camino, parecía estar  medio  mareado. Quizás el causante había sido el descontrol de papá, porque durante el brindis, con aquel exquisito malbec, no hubo solamente un  fondo blanco en  el cáliz. Creo que en estos tiempos de prevención, mi padre  no hubiese pasado los controles de alcoholemia.
Por  mi  desmesurado  egocentrismo y por la excitante carrera no pude advertir si alguien más venía  a mi lado. Quizás  hoy  yo  hubiera tenido un hermano mellizo.
En mi pugna por llegar, tampoco consideré la metralgia que seguramente  le suscité en ese momento a  mamá, que sin dudas debe haberle dolido mucho más  que mi puja por salir del seno materno. 
Seguí caminado y me detuve en la estación de trenes. Subí las escaleras del puente de hierro y ahí me quedé, susceptible, al escuchar el silbato y sentir la vibración en mi cuerpo ante el paso del único tren del día.

TARDE CON LLUVIA, por Evangelina Arroyo


"Paraguas verde"- Jesús Estevez


Hoy es el día. Ella se detiene a escuchar los sonidos que la lluvia ejecuta sobre la ventana. Se coloca el abrigo, la bufanda, los guantes. Parece que el invierno llegará antes de tiempo. Busca su paraguas verde, le da un beso a su hijo, otro al marido, y sale, como de costumbre, sin  llaves.
Hoy es el día. Observa que en la parada de colectivos no hay nadie. Busca algo en su bolso. Recuerda haber anotado ese poema en un papel suelto. Está segura de haberlo guardado en el bolsillo delantero. Mientras tanto, la lluvia se apodera de sus botas. Una melodía de antaño resuena junto al aire húmedo de la tarde.
Hoy es el día. Ya ha comprado todo lo necesario para la cena con su hermana. El regreso a casa le dibuja un halo de impaciencia en el rostro. Hay que cocinar, incluso con la lluvia hasta en los huesos. Preparar la cena no es su tarea más feliz, pero se trata de lazos familiares y hay que esmerarse. Su hermana menor, su tan querida.
Piensa en el poema. El poema en el papelito suelto. ¿Adónde estará? Piensa que tal vez cayó en algún charco, que mientras revolvía el bolso... El revuelo en su corazón es mayor de lo esperado. Ahora deberá reescribir ese poema, las pocas palabras que recuerda, ese papel que se pegó a la lluvia.
Tal vez hoy sea el día.

14 de junio de 2012

LOS ROSTROS, por Claudia Maglio



Hace ya algún tiempo, en un viejo pueblo donde viví hasta mi adolescencia, ocurrió una serie de fenómenos inexplicables, al menos para ciertas personas.
Debo aclarar que, como todo pueblo de provincia, nos conocíamos muy bien los unos a los otros, y que nada sucedía sin que en un instante nos enterásemos de algún nuevo acontecimiento. Pecados, alegrías, tristezas, proezas, desaciertos, casamientos, descuidos, arreglos, en fin, todo era de amplio conocimiento.
En la plaza mayor, central y única comenzaron a aparecer en sus baldosones una serie de manchas de procedencia incierta. El intendente y el resto de los pueblerinos estábamos consternados. ¿De dónde venían esas manchas? ¿Qué significado tenían?
El más atrevido del pueblo osó tocarlas y no halló restos de pintura ni ningún otro material con el que estuvieran hechas. El intendente mandó inmediatamente a lavarlas, pero ni el mayor corrosivo era capaz de hacerlas desaparecer. Lo más extraño era que se formaban ante nuestros ojos como si un duende invisible las dibujase y se burlara de todos.
Las manchas, al principio asimétricas y sin sentido alguno, comenzaron a unirse conformando caras, pero no cualquier cara, sino la de algunos de los vecinos. Al presentarse de esta forma, el temor los invadía aún más. ¿Qué significaban sus caras inlavables allí dibujadas?
Cada uno que allí aparecía retratado se encerraba en su casa a rezar; el cura comenzó a realizar misas y procesiones todos los días y el intendente llamó a un gobernador amigo que en reunión conjunta con pintores, arquitectos, ingenieros, profesores y sabelotodos no pudieron llegar a ninguna conclusión y mucho menos a borrarlas.
Lo terrible fue lo que siguió, pues a los pocos días de surgir la cara de algún poblador, éste irremediablemente moría sin causa alguna, sumándose a la desesperación el médico del lugar que veía fallecer a su clientela sin poder hacer nada al respecto.
Mis amigos y yo, que por entonces tenía catorce años, por las noches nos escapábamos de nuestras casas para observar el fenómeno, hacer teorías sobre las causas y sobre todo para pedir que aparecieran las caras de aquellos que aborrecíamos y nunca las nuestras.
El tiempo fue pasando, y con cada rostro un feligrés partía. Para nosotros era muy divertido. Cuando les tocó el turno a mis padres a mí se me acabó el entretenimiento.
Unos tíos maternos de un pueblo cercano vinieron a buscarnos a mi hermana y a mí. Fue triste irse de ese extraño y doloroso lugar.
Supe que este fenómeno duró por seis meses más y sólo quedaron en pie el cura, el abogado y el médico. Todo el resto de los habitantes fallecieron y con cada muerte sus caras iban desapareciendo.
A veces creo que tendría que haber pedido con más fuerza para que la tonta de mi hermana también muriera en ese curioso y bello tiempo.




ECOS DE RADIO, por Victoria Marin



“Nueve horas, el cielo despejado, la temperatura es de diecisiete grados y la humedad del sesenta por ciento”… suena una canción, podrían ser Los Plateros. Entre quehaceres domésticos de fin de semana me había entretenido bastante siguiendo las noticias de una obra que en la ciudad prometía ser un gran negocio. Cada semana escuchaba las novedades del avance en la construcción, de los materiales que habían hecho traer del exterior, de los mejores arquitectos, ingenieros y maestros mayores de obras que trabajan día y noche para acelerar el levantamiento. Se instalaría un centro comercial con más de cuarenta tiendas en cada uno de sus pisos, bazares de gran porte, salas de cine, restaurantes, y hasta un hotel de mil estrellas para los visitantes. Sería un espectáculo para la ciudad, ese atractivo turístico que estaba necesitando. Yo ya pensaba en las recorridas que me daría en busca de algunas chucherías, con la simple excusa de  circular por sus pasillos, por sus lujosas escaleras, y las reuniones que organizaría en las mesas de los bares entre vidrieras y muestras de perfumes. Un acontecimiento como hace tiempo no ocurría en la ciudad. La emisora anunciaba que estaría listo para la primavera, mientras tanto seguía enumerando las miles y millones de inversiones, los eternos trámites municipales que habían tenido que padecer para al fin dar con el terreno solicitado, las protestas de los mercaditos de la zona, y no sé cuántas otras cosas que el locutor se encargaba de comunicarme entre unos clásicos que olvidaban el presente, y hacían soñar con otros tiempos. La radio había logrado empaparme de ansiedad consumista. Basta decir que esperaba anhelante cada domingo para enterarme de todos los detalles de la edificación y así reconstruirlos en mi imaginación como un plano intuitivo. Ya sabía dónde estarían los libros, hasta pensé en concurrir regularmente y así concluir por leer alguno, disimulando para que no me vayan a marcar de oportunista.
Habían pasado cerca de cinco meses de seguimiento meticuloso. La radio comentaba que faltaba muy poco para la inauguración, entonces decidí que era hora de visitar la construcción que me había quitado el sosiego de los domingos. Ya podría reconocer todas las pinceladas de mis alucinaciones. Había anotado la dirección al mismo tiempo que buscaba en mi mente como una brújula humana sin dar con suerte en la ubicación exacta. Así pensé que lo mejor sería tomar la bicicleta y recorrer los caminos conocidos que podrían llevarme a ella. En el viaje proyecté varios acontecimientos: algunas personas abarrotadas tratando de escurrirse entre las rejas, niños jugando en el parque circundante, mercaderes con carpetas vislumbrando sus transacciones, profesionales dando las últimas órdenes edilicias, algún medio de comunicación, tal vez la radio que acompañó la faena. No podía estar muy lejos, esa era la calle, la altura. Saqué el papelito arrugado de mi bolsillo con la dirección escrita, estaba parada justo frente al portón de ingreso vehicular. Desconcertada miré  hacia ambos lados, el viento arrastró un residuo de hoja avejentada con un plano de arquitectura. Giré y pude observar un aglomerado de ladrillos, un cementerio de ambiciones. Entre confundida y desorientada, sólo pude acercarme a un hombre que pasaba por el lugar, y  titubeando le pregunté por el centro comercial. El hombre tuvo que pensar por un momento, pero al instante lo recordó perfectamente; la obra fue clausurada antes de inaugurarse, luego de un derrumbe en uno de sus pisos que le causó la muerte a más de treinta obreros una primavera hace casi cien años.




10 de junio de 2012

CUENTOS MARAVILLOSOS DEL MÁS ACÁ: EL FLAUTISTA DE SAN NICOLÁS, por Claudia Maglio




Cuentan los que cuentan que luego de trabajar  en la ciudad de Hamelín, donde además de desratizarla y tomar medidas extremas dado que no se le pagaba lo prometido, el flautista llegó a San Nicolás…
Vino sólo a descansar, mas como siempre la “fama” nos precede, gran revuelo causó su llegada.  No fueron pocos los que temieron, incluido el intendente y su secretario Manuelito, pero el flautista sólo deseaba descansar y si podía, pescar también…
La primera medida tomada por la intendencia fue que no se lo molestara y que todos los servicios, incluyendo posada y comida, no le fueran cobrados pues no querían molestarlo con pavadas ni pedidos y muchísimo menos encender su ira.
Así fueron pasando los días en absoluta y tensionante tranquilidad. Por las noches, para despuntar su vicio, el flautista se acercaba al río y comenzaba a tocar dulcísimas melodías que cautivaban con su aroma a chocolate y marrón glacé a las mujeres de San Nicolás. Todas, irremediablemente, se levantaban de sus lechos y salían en su búsqueda guiadas por esas notas tiernas que inundaban sus almas. Sentían pequeños cosquilleos en su corazón que las cautivaban. Su gran deseo: conocer no sólo al flautista sino también a su flauta y, probar del dulce néctar armonioso que de ésta se desprendía.
Los hombres se enardecían cada día más y les reclamaban tanto a Ismael como a Manuel, que algo hicieran con este estafador sentimental que a sus mujeres cautivaba y llevaba hacia sus lares. Se estaban convirtiendo en verdaderos “cornudos” a sabiendas sólo por temor de los que dirigían la ciudad, que también sufrían en carne propia las pequeñas fiestas que sus damas gozaban con el maquinador  visitante.
El comisario en jefe, a quien su esposa ya se le había ido con la flauta maravillosa del extranjero, se le ocurrió investigar la vida personal y los secretos que guardaba el gran flautista, que como todo hombre, seguramente debería tener.
Fue así como descubrieron que en la ciudad de caramelo, allá lejos, cerca de las Antillas celestes,  vivían su fiel esposa junto a los veinte hijos de la pareja. No era de extrañar la cantidad de hijos que tenían, pues cuando una flauta es muy dulce y es  tocada por un gran maestro  unido a una bruja-maga, digna hija de la diosa de la fertilidad, estos suelen ser los resultados más comunes.
La cuestión es que la autoridad de San Nicolás se reunió y comisionó al jefe policial para ir a buscarla.  No fue fácil dar con ella, se pasaba todo el día trabajando no sólo con sus párvulos sino también como maga. El comisario al hallarla le comentó las andanzas de su flautista esposo, por lo que ella como buena bruja-maga, decidió emprender el vuelo e ir a buscarlo.
Al llegar a nuestra ciudad, se escondió para que él ignorara su presencia. Por la noche, cuando el flautista salió a tocar y conquistar, escuchó a lo lejos  la cautivante voz de la Siringa que su esposa, como buena griega, acariciaba. La atracción era fatalmente sugestiva, no podía evitar escuchar, tanto fue así de mágica y enceguecedora que el flautista dejó de tocar su instrumento.
Desconcertado, inmensamente herido por tan bella melodía, comenzó a caminar dirigiéndose como un autómata hacia ella que lo esperaba en la plaza central. Al verla, temió lo peor. Una tormenta extraña se desato, caían gotas de miel copiosas sólo sobre ellos dos. La astuta bruja-maga, lo envolvió con su capa de azúcar y mazapán. Lo miró fijamente con sus ojos amarillentos transparentes, y acariciándolo sólo se le escuchó decir: “en casa hablamos”. Él agacho su cabeza, le entregó su flauta y sin decir nada subió al carruaje de nueces y canela tirado por dos bellos ciervos de arroz con leche.
Partieron. No se supo nunca más de ellos, pero algunos cuentan que en las noches tormentosas se puede escuchar a la esposa del flautista tocando su melodiosa siringa, y a él riendo con su suave risa verde limón junto a sus ahora veinticuatro hijos.
Y como terminan todos los cuentos: colorín colorado... Esto, ¿se ha acabado? 





16 de abril de 2012

FRAGMENTOS, por Evangelina Arroyo


                                                             James Christensen
                                                                 

Ella jugaba con barquitos de papel en la puerta de su casa mientras cantaba “La farolera” con voz incandescente y lunar. Tenía un nombre muy bonito que nadie pronunciaba. Su rostro de duende a la deriva denotaba su niñez.
 De pronto, hubo una explosión en la vereda de enfrente, un halo azul y diamante atrajo su mirada. Una mujer con vestido escarlata se acercó. Le preguntó si navegar barquitos de papel era su juego preferido. No supo responder. La mujer seguía preguntando. Ella no comprendía, no podía descifrar las palabras que emitía la otra. Sólo atinaba a balbucear una melodía remotamente ajena. Entonces la mujer empezó a decir que también jugaba con barquitos de papel cuando era pequeña, pero se había olvidado de ellos tras perder la inocencia. La niña comenzó a preocuparse: temía olvidar sus barquitos tan amados, perder la inocencia, pero comprendió que eso era parte de su destino. Como un vaticinio, el agua del charco se tiñó de rojo. La mujer se sentó a su lado y colocó los barquitos sobre el agua. La niña tomó su mano y ambas sonrieron.
Al atardecer, la mujer se despidió con un último deseo: que la recordara siempre y que nunca abandonara aquel juego sideral. La niña le dio un beso en la mejilla y se abrazaron. La mujer se alejó entre los árboles entonando una melodía alegremente tierna.
                         

9 de abril de 2012

ANTES DE QUE SILBEN LOS PÁJAROS, por Victoria Marín

Son las siete. Todavía no amanece. Lo sé porque la sombra que dibuja la ventana no se filtra aún entre las hendijas y los pájaros andan revoloteando todavía como si tuvieran  la expresa orden de silbar a las siete en punto. Estoy un poco ansioso. Aunque ansiosos son los que esperan algo y no los que esperamos la nada. Mario dice que ha visto varios en estos treinta años de carrera. Pero yo no he visto a ninguno, ni siquiera a El Nene, ese sí que tenía todos los números, pero el muy zorro la hizo bien. Yo, si hubiera hecho lo mismo que él, también habría zafado. Pero quién va a creer que me faltan caramelos. Cualquier otro hombre en mi lugar hubiera hecho lo mismo.

 Estoy por terminar el cuadro. Voy bien, el fondo fue fácil, no necesité colores, me bastó un poco de blanco que mezclé con negro, el gris creo que es el tono justo.  En el centro plasmé el animal. Con los ojos desorbitados, el pelaje alborotado, los colmillos filosos, la garra... Hoy no tengo ganas de pintar, hoy estoy ansioso. Mañana tendré todo el día, o pasado mañana, o…

No estoy durmiendo muy bien, mamá dice que es la conciencia, o la inconciencia, dice. Pero yo ya le dije que se cuide la salú, y que no ande preocupándose por mis asuntos, sino va a terminar como papá. Yo no sé más que decirle a esa mujer. Los pibes ya no vienen, suerte que tengo a Mario para charlar. Él si me entiende y no tengo que preocuparme que le dé un infarto. Está acostumbrado. A él le pido los óleos y los pinceles.

Yo le conté a Mario de mis sueños y de las trasnochadas que me mando gracias a ellos. De las voces que escucho, y dice que es parte de este lugar y de la inmensa soledad que nos tiñe la vida. A veces parece un escritor, de cómo habla. Pero yo me siento acompañado. Si él no estuviese del otro lado le daría un abrazo.

No sé si voy a tener tiempo de terminar el cuadro. El bermellón es difícil de conseguir en las librerías de este barrio. Y yo no puedo soportar que la garra tenga otro color que bermellón.
Mamá dice que no pinte más, que no es otra cosa que desnudar la verdad ya revelada, que es redundar en lo acontecido, que es morbosidad desbordada, y no sé cuántas otras cosas más me dice. No entiendo por qué se ensaña tanto con mi pintura. Estoy tan ansioso.
El carmesí es parecido. Pero no es igual, igual. Y yo lo tengo bien presente. Es bermellón. Ese es el que tengo que usar. Nadie más que yo y solamente yo para saberlo. Mario dice que lo va a conseguir antes de ese día, porque sino no tendré tiempo de terminarlo.

Pero hoy estoy muy ansioso. Tengo miedo, miedo de no llegar a ese día por tanta ansiedad. Imaginate que me muera antes. Que desilusión. Que ironía. Que cobardía.
Mañana me pongo a pintar, lo termino todo, y así cuando llegue Mario con el bermellón le doy el toque final antes de que silben los pájaros.



Mi prisionero
Hermel Orozco
Ecuador

LA AVENTURA DE UNA MUJER LLAMADA IRENE, por Claudia Maglio

Se miró una vez más frente al espejo, en el día de su cumpleaños quería observar bien las marcas  que surcaban su rostro, esas profundas cicatrices comúnmente llamadas arrugas. Era dueña de varias, y a cada una se las había ganado bien. En su monótona vida, cada día significaba una amargura que se sumaba y en el rostro una huella sin querer, dejaba.
Se sentía sola, defraudada, en realidad vivía sintiéndose así, no recordaba un sólo día que no guardara ese sentimiento interiormente.
Por las mañana se levantaba a las seis en punto, no era de desperezarse o retozar entre las sábanas y hacerse esperar. Ella apenas sonaba el despertador, o antes incluso que éste cumpliera su función, abría los ojos e inmediatamente comenzaba su ritual:
Primero se lavaba la cara y los dientes, preparaba su café, lo tomaba apurada mientras espiaba que su madre no se despertara. Nuevamente el ritual del baño, esta vez con una revista o libro en mano. Luego se peinaba y se pasaba algo de maquillaje. Dejaba la vestimenta para escasos minutos antes de salir.
Cuando consideraba que estaba lista, preparaba la leche para su madre y muy despacio junto a dos bei biscuit la despertaba. Hacía más de diez años que estaba postrada por la diabetes que ya sus piernas hasta la altura de la rodilla se había llevado. Irene era sus piernas, su enfermera, su criada, todo. Vivía en cama o en la silla de ruedas con la que la sacaba a pasear los sábados o a visitar el médico cada quince días.
Le servía el desayuno, esperaba a que lo terminara y en brazos la levantaba  y llevaba al baño, la higienizaba y aspiraba en forma automática y sin olfato las malolientes heces y orina que su madre depositaba y que ella con cuidadoso esmero debía lavar de su zona ano genital. La entalcaba, la sentaba en la silla de ruedas, la peinaba, abría las ventanas, hacía la cama, le prendía su televisor y ante él la dejaba.  Gracias a Dios la madre podía calentarse en el microonda la comida que ella le preparaba para almorzar y sabía llamarla a su celular o a emergencias si algo pasaba.
De todos modos a lo largo del día ella no dejaba pasar media hora que no hablara con su madre para saber cómo estaba.  ¡Pobre! La necesitaba, la dejaba hablar, como cuando se levantaba e Irene siempre respondía con un “sí, no o está bien mamá”. Jamás existía algo que Irene hiciera bien según la óptica de su madre, por lo que desde que se despertaba rezongaba primero por la enfermedad y luego por el mal desayuno que su hija le hacía; la falta de dinero; el que no la ascendieran después de tantos años en el empleo, lo cual seguramente se debía a su ineptitud; lo mal arreglada que estaba; lo pálida y ojerosa que la veía, y como era esperable: -“¡Por eso no te has casado!” “¡Quién va a querer una mujer con esa cara de amargada y para colmo cada día más vieja!”.
Irene disimulaba como podía lo hastiada que estaba, trataba de comprenderla, la perdonaba por su condición de enferma lisiada, sólo suspiraba y seguía con su rutina diaria.
Se vestía, y salía hacia el empleo, llevaba 28 años en la misma oficina, pronto se jubilaría. ¿Le alcanzaría para vivir con su mamá, entre su jubilación y la paupérrima pensión de ella? Subía al mismo colectivo de todos los días, el chofer ya la conocía, a veces se daba cuenta de los años que pasaban porque ya no la llamaban señorita sino señora, y porque la gente que casi siempre viajaba con ella se iba renovando, los más viejos no aparecían, los niños del colegio luego los veía con novia y hasta nenas que vivían por la zona las había visto vestidas con guardapolvo y luego embarazadas.”¡Cómo pasa el tiempo cuando una está ocupada!”, pensaba. Llegaba a al trabajo y en él con su mente en la madre, se abocaba hasta las 15 hs. momento en que volvía a su casa.
A veces para cambiar un poco, caminaba algunas cuadras y después tomaba el colectivo. Al caminar imaginaba cómo habría sido su vida si su mamá no se hubiese enfermado, el padre faltado desde hacía más de treinta años, si hubiese dado un sí gigante a su Ricardo…., pero era un veleta, seguro que ya a esta altura la habría dejado, porque ella es de perdonar y seguro que hubiese aguantado.
Llegaba a su casa, recostaba un rato a la madre mientras preparaba la cena. Comían  juntas, le contaba las novedades de la oficina que no solían ser muchas, miraban la tele juntas, lavaba los platos, daba los remedios a su mamá, la bañaba, la peinaba, le ponía una rica colonia y la acostaba. Después recién Irene se duchaba y miraba un rato más la televisión o a veces se le daba por espiar la ventana mientras degustaba un exquisito té de boldo. Acostumbraba acostarse temprano, al otro día la vida continuaba. Ese día como era su cumpleaños se quedó escuchando música y observando por la ventana, de golpe vio una estrella fugaz, pidió sus deseos rápido antes que se escapara y pensó, “Ay, viaja, pelea, dulce peregrina rodeada de cisnes imaginarios, moños y cintas de diversos colores. Vuela y revive trémula, suave, sedosa las etéreas voces de los olvidados por Dios”.

2 de abril de 2012

CUENTOS MARAVILLOSOS DEL MÁS ACÁ: SE ROMPIÓ EL HECHIZO, por Blanca Ciffo









En su cumpleaños número 30, Cenicienta tiene mucho por decir:
Quiere que todos sepan que se rompió el hechizo.
Que no hay ningún castillo.
Que la   vieja casona  está minada de  ratones.
Que en esa vivienda no vivía ningún rey y fue  usurpada  por un supuesto príncipe.
Que este ser mentiroso  y haragán  ni siquiera tiene la voluntad de agarrar una cuchara para reconstruir las paredes que se vienen  abajo.
Que el hada madrina nunca existió.
Que simplemente se trata de una entrometida mujer, a la que debe llamar “suegra” y de la cual  el pueblo se espanta  por los  talones rajados de tanto  andar  en chinelas.
Que las calabazas  son  el único alimento que tiene para poner en la olla, porque crecen solas en esa tierra.
Que en los inviernos se ha quemado las pestañas con el fin de encender el fuego.
Que también  experimentaba una agradable sensación de libertad, al ver el humo de la chimenea mezclándose con las nubes.
Que no cesará  hasta encontrar a Gus  el cura párroco del lugar.
Que le ha enviado un mail a su amigo Jap, para que venga a rescatarla.
Que no sabe por qué él no responde sus mensajes.
Que toda su desgracia se produjo por creer en hechicerías.
Que ha tomado una decisión tan espantosa como indeclinable.
Que en el convento tal vez no llueva.
Que ha cambiado vestido por hábito y zapato taco alto por chatita oscura y silenciosa.
Que celebrará  su cumpleaños número 30 junto a las monjas Drizella y Anastasia, otrora hermanastras insoportables.  


Ilustración: Cenicienta, por Lorena Torrado




CUENTOS MARAVILLOSOS DEL MÁS ACÁ: LOS TRES DEL BARRIO, por Evangelina Arroyo




Además de gorditos y rosados, sucios y ladrones, los tres hermanos Alteño saben arreglárselas muy bien para evadir una vez por semana al señor Ramírez, el cobrador de impuestos, a quien deben dos años de tasas municipales y llaman jocosamente “el lobo”.
El “lobo” Ramírez, harto de amenazarlos con la quita del plan de viviendas, gracias al cual poseen techo y comida desde los 90, ha decidido que hoy se hará justicia.
A los Alteño no les tiembla nada: Aníbal preside la comisión vecinal del barrio, Mauricio, en calidad de mecánico, arregla con frecuencia los autos del comisario y compañía, y Pedro, bueno, Pedro es el menor y se dedica al contrabando.
Ellos sospechan, pero no saben lo que les espera; ellos solamente soplan y resoplan lo que el humo de los cigarrillos dibuja en la pared del comedor. Ni Aníbal con sus alcahuetes a la orden del día, ni Mauricio con sus amistades en la Federal, ni Pedro con su permanente plan de fugarse por la triple frontera, podrán zafar de las garras del lobo.
Considerando la mala calidad del material con que fueron construidas algunas casas, Ramírez ejecuta su venganza con amplia satisfacción. Bastará una orden al operador de la topadora y el barrio entero sabrá quién manda. De ahora en adelante, los tres chanchitos del suburbio tendrán que salir a alquilar. Eso, o vivir abajo del puente.