Vuelos, descensos y caídas del taller literario de la Asociación Cultural Rumbo
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14 de abril de 2015

Fly away

Evangelina Arroyo


sobre el camino
de humo azul
                            mujeres galopaban
      con trenzas que soplan
   hacia el norte del tiempo




acaso nos zurcía la piel
contra la noche

llovían azucenas envueltas en furia
a punto de alcanzarnos
sin moverse
el hada pliega su vestido
de incandescente verde
corta el hilo del anochecer
resiste el número final

Imágenes de Akiko Ijichi

19 de agosto de 2013

Poemas a cuatro manos.



                            Duy Huynh

¿Qué harías con un abanico de silencio?
Podría
hablarle a tus ojos llenos,
pero esperaré las olas muertas,
el velo pardo del día;

tal vez
mis palabras te anuncien una respuesta.

Blanca Ciffo y Victoria Marín


*



Duy Huynh



¿cómo es posible el amor en medio de la bruma, cuando las amapolas destilan el perfume distante y febril de los versos en llamas?

mi despertar de la inocencia me desespera. 

Evangelina Arroyo y Blanca Ciffo



*
                                                                                              Duy Huynh


¿Imaginas un atardecer sin pétalos rojizos?
Acaso no sea necesaria la herida que los céfiros dejan a tu paso tras la locura.
Mañana volverás desnuda entre las hojas.

Blanca Ciffo y Evangelina Arroyo


Duy Huynh


Encerrada en la inconsciencia
¿cuándo naufragó mi vida?
sólo tu existencia dará sentido 
a mi absurdo vivir

¿por qué finges
soledad?

Claudia Maglio y Blanca Ciffo

*














                                                                     



6 de octubre de 2012

DIARIO PARA MARTA, por Evangelina Arroyo


Martes 15

La partida de ajedrez entre mi vecino y yo estuvo muy interesante. ¡Cuánta pasión puede despertar un juego! Si Marta estuviera aquí, diría que es una estupidez, banalidad pura. Yo la quiero, pero no soporto su verbosidad pueril y sarcástica. La extraño, es cierto. Supongo que hemos llegado al primer nivel de la despedida.
 Rob Gonsalves

Miércoles 16

Pienso en su risa color tormenta, sus dedos frágiles de pianista. Pienso en Marta hasta en sueños. Sueño en Marta, en la tormenta de abril y su melodía contra el piano. Pienso en nuestra despedida después del almuerzo, el andén, los trenes atestados. Marta es una reina sin alfiles. Tal vez sea hora de otra partida contra mi vecino.

Jueves 17

El mail de Marta renovó mi esperanza. Espero que no superemos el segundo nivel de despedida porque eso aniquilaría toda fe en mí. Dice que el clima es una maravilla, que el hotel y la gente, que las playas... dice que volverá pronto con muchos regalos. Dice, dice, dice. Estoy cansado de esperarla. Cómo quisiera tenerla a mi lado esta tarde en que los álamos del parque resplandecen a través de la ventana.  ¡Cómo extraño la risa de Marta!
Rob Gonsalves 

Viernes 18

La llegada de mi reina sin alfiles está demorada. Parece que el avión... No sé, me parece que son excusas de Marta para no regresar. Se ha enamorado del mar. Se ha enamorado de.

Sábado 19

Las despedidas son duras, el alma no las digiere. Nuestra despedida ha llegado al nivel tres que significa angustia, sombras, mutismo absoluto. Hoy jugamos nuevamente ajedrez mi vecino y yo. La partida fue ardua, codo a codo, como cuando pienso en Marta y su ausencia.

Domingo 20

Marta no llama por teléfono... Es increíble hasta qué punto puede distraerse una mujer con el mar. Ni siquiera una tarjeta postal que atestigüe su estadía. Quisiera correr a buscarla.

Lunes 21

Durante la última partida, mi vecino y yo discutimos acerca de las despedidas. La de Marta supera todos los niveles comprensibles. Hace unas horas fui a comprar un pasaje de avión. Esta noche me espera una reina con su mar y su risa de tormenta.

Rob Gonsalves

17 de junio de 2012

TARDE CON LLUVIA, por Evangelina Arroyo


"Paraguas verde"- Jesús Estevez


Hoy es el día. Ella se detiene a escuchar los sonidos que la lluvia ejecuta sobre la ventana. Se coloca el abrigo, la bufanda, los guantes. Parece que el invierno llegará antes de tiempo. Busca su paraguas verde, le da un beso a su hijo, otro al marido, y sale, como de costumbre, sin  llaves.
Hoy es el día. Observa que en la parada de colectivos no hay nadie. Busca algo en su bolso. Recuerda haber anotado ese poema en un papel suelto. Está segura de haberlo guardado en el bolsillo delantero. Mientras tanto, la lluvia se apodera de sus botas. Una melodía de antaño resuena junto al aire húmedo de la tarde.
Hoy es el día. Ya ha comprado todo lo necesario para la cena con su hermana. El regreso a casa le dibuja un halo de impaciencia en el rostro. Hay que cocinar, incluso con la lluvia hasta en los huesos. Preparar la cena no es su tarea más feliz, pero se trata de lazos familiares y hay que esmerarse. Su hermana menor, su tan querida.
Piensa en el poema. El poema en el papelito suelto. ¿Adónde estará? Piensa que tal vez cayó en algún charco, que mientras revolvía el bolso... El revuelo en su corazón es mayor de lo esperado. Ahora deberá reescribir ese poema, las pocas palabras que recuerda, ese papel que se pegó a la lluvia.
Tal vez hoy sea el día.

16 de abril de 2012

FRAGMENTOS, por Evangelina Arroyo


                                                             James Christensen
                                                                 

Ella jugaba con barquitos de papel en la puerta de su casa mientras cantaba “La farolera” con voz incandescente y lunar. Tenía un nombre muy bonito que nadie pronunciaba. Su rostro de duende a la deriva denotaba su niñez.
 De pronto, hubo una explosión en la vereda de enfrente, un halo azul y diamante atrajo su mirada. Una mujer con vestido escarlata se acercó. Le preguntó si navegar barquitos de papel era su juego preferido. No supo responder. La mujer seguía preguntando. Ella no comprendía, no podía descifrar las palabras que emitía la otra. Sólo atinaba a balbucear una melodía remotamente ajena. Entonces la mujer empezó a decir que también jugaba con barquitos de papel cuando era pequeña, pero se había olvidado de ellos tras perder la inocencia. La niña comenzó a preocuparse: temía olvidar sus barquitos tan amados, perder la inocencia, pero comprendió que eso era parte de su destino. Como un vaticinio, el agua del charco se tiñó de rojo. La mujer se sentó a su lado y colocó los barquitos sobre el agua. La niña tomó su mano y ambas sonrieron.
Al atardecer, la mujer se despidió con un último deseo: que la recordara siempre y que nunca abandonara aquel juego sideral. La niña le dio un beso en la mejilla y se abrazaron. La mujer se alejó entre los árboles entonando una melodía alegremente tierna.
                         

2 de abril de 2012

CUENTOS MARAVILLOSOS DEL MÁS ACÁ: LOS TRES DEL BARRIO, por Evangelina Arroyo




Además de gorditos y rosados, sucios y ladrones, los tres hermanos Alteño saben arreglárselas muy bien para evadir una vez por semana al señor Ramírez, el cobrador de impuestos, a quien deben dos años de tasas municipales y llaman jocosamente “el lobo”.
El “lobo” Ramírez, harto de amenazarlos con la quita del plan de viviendas, gracias al cual poseen techo y comida desde los 90, ha decidido que hoy se hará justicia.
A los Alteño no les tiembla nada: Aníbal preside la comisión vecinal del barrio, Mauricio, en calidad de mecánico, arregla con frecuencia los autos del comisario y compañía, y Pedro, bueno, Pedro es el menor y se dedica al contrabando.
Ellos sospechan, pero no saben lo que les espera; ellos solamente soplan y resoplan lo que el humo de los cigarrillos dibuja en la pared del comedor. Ni Aníbal con sus alcahuetes a la orden del día, ni Mauricio con sus amistades en la Federal, ni Pedro con su permanente plan de fugarse por la triple frontera, podrán zafar de las garras del lobo.
Considerando la mala calidad del material con que fueron construidas algunas casas, Ramírez ejecuta su venganza con amplia satisfacción. Bastará una orden al operador de la topadora y el barrio entero sabrá quién manda. De ahora en adelante, los tres chanchitos del suburbio tendrán que salir a alquilar. Eso, o vivir abajo del puente.



                                                     

11 de enero de 2012

CRÓNICAS DE HÜYÜKZAL, por Evangelina Arroyo


(Fragmentos del diario de viaje de Bellela Polo)



4 de abril

Arribamos al poblado por casualidad. En vez de tomar la ruta correspondiente, la que giraba a la izquierda, hicimos lo contrario por un capricho del destino y entonces nos topamos con el inmenso cartel y el nombre tallado finamente: “Hüyükzal”.
Lo que nos sorprendió fue el resplandor nocturno que revestía el lugar, no sólo porque entramos en él a las 2 de la tarde con el sol en la frente, también advertimos que las calles y las casas estaban repletas de faroles encendidos de manera constante. Notamos, además, que había una plaza principal en cuyo centro se destacaba un observatorio astronómico (evidentemente, a los lugareños les apasionaba mirar las estrellas).  Mientras recorríamos el pueblo, pudimos percibir que las casas eran altísimas y todas estaban pintadas de blanco, color  que sobresalía pleno en tanta penumbra. Nos llamó la atención una serie de bicicletas aladas yaciendo sobre las veredas. Supusimos que era el medio de transporte utilizado en aquel pueblo. Todas eran iguales: mismo tamaño, misma textura.


7 de abril

Desde el río, que se hallaba a unos diez metros de la plaza, escuchamos una melodía, creo que un vals o algo así, luego un jolgorio estrepitoso que resonó en nuestros oídos. Melquiado y yo apostamos por una fiesta popular; el Dr. Remi y Camila dijeron que bien podría ser una gran fiesta de cumpleaños. Decidimos acercarnos despacio para no revelar nuestra condición de turistas curiosos. Fue la primera vez que vimos de frente a los habitantes de Hüyükzal. Llevaban tatuado en la frente un signo indescifrable aún para nosotros, intrépidos y asiduos viajeros, un signo que podría semejarse por su ubicación a lo que en otras culturas denominan “tercer ojo”; sus rostros, inundados de palidez y con gesto sereno, denotaban la fragilidad de sus cuerpos casi áureos y esbeltos. Sí pudimos descifrar con rapidez que los hüyükzalanos hablaban el esperanto, esa lengua de utopías que nos sabíamos de memoria y de la cual nos servimos –afortunadamente- para comunicarnos con ellos. Gracias a esto, nos contaron que allí todo evento social y personal se llevaba a cabo por  las noches, ya que sus vidas enteras transcurrían en la negrura.
Luego de haber establecido contacto, fuimos invitados a compartir el misterioso festejo: simplemente se trataba del  aniversario de la niña más radiante del pueblo.


12 de abril

Se podría decir que Hüyükzal era un pueblo feliz. Sus habitantes vivían en armonía con todo lo que los rodeaba, y a pesar de no estar señalado en ningún mapa del mundo, ni  siquiera en los más antiguos, ellos seguían adelante con sus costumbres excepcionales y maravillosamente noctámbulas.
Nos hubiese gustado quedarnos allí por más tiempo; el solo hecho de vivir en  un paraje tan crepuscular como aquél, nos daba mucha tranquilidad en el corazón.
Tal y como habíamos planeado, debimos continuar nuestro camino hacia la región del Mar Negro, dejando atrás a los hüyükzalanos y el recuerdo de un pueblo inmerso en la noche más arcaica del mundo.


21 de noviembre de 2011

EL EXTRAÑO, por Evangelina Arroyo

Cuando nació, lo llevaron debajo del olivo para que fuera bendecido por el sacerdote del pueblo. Gloria, su madre, apenas veinte años, supo desde el comienzo que su hijo venía signado por quién sabe qué extraña fatalidad. Su padre, albañil de oficio y embustero de profesión, sólo le garantizó un nombre y su apellido: Alfredo Cañeda.
Alfredito tuvo infancia feliz y padres más separados que unidos bajo el mismo techo, pero no por ello dejó de ser alguien a quien le gustaba divertirse. Cuando tenía cuatro años, conoció a unos niños que vivían a pocos metros del arroyuelo. Eran los hijos del pescador, unos trillizos muy sociables que lo invitaban a jugar todas las tardes cerca del agua. Un día le obsequiaron un nido de colibrí lleno de flores silvestres para su mamá. Luego, un ramo de “cola de zorro” para que ahuyentara los mosquitos. Pero el mejor presente que recibió el pequeño fue una pluma blanquísima de paloma mensajera. Alfredito fue corriendo a su casa con la pluma en la mano y, al llegar, la guardó debajo de su almohada. Esa noche durmió tan profundo que apenas susurró en sueños. Cuando despertó, no encontró la pluma donde la había guardado; en cambio, sintió en su espalda un pinchazo, una grieta, algo que brotaba. Como no llegaba a verse, le preguntó a su mamá qué tenía detrás, sí, mami, acá, en la espalda, con llanto dolido y desesperado.  Gloria dudó en acercarse, puesto que nunca en su vida había visto una cosa como aquella. Para distraer y no asustar a Alfredito, le  dijo que era una astilla, seguro que se te pegó en la ropa jugando ayer con los chicos. De ese modo lo tranquilizó un poco, pero quedó pensativa durante unas semanas.
Eso que tenía en la espalda se multiplicaba por dos, por cuatro, hasta que un par de  enormes alas abrazaron  al niño. Una tarde tuvieron que descolgarlo de un sauce porque el viento lo había elevado tanto que no alcanzaron a sostenerle los pies. Su madre, ya sin saber qué hacer, lo encomendó al Señor, a la Virgen y a todos los Santos conocidos.
Alfredo tuvo que crecer encerrado, contemplando el sol desde la ventana y recibiendo las pocas visitas que se atrevían a enfrentar semejante ser. Nunca más vio a sus tres amigos; sólo escuchó que se habían ido del pueblo viajando río arriba.
Sumido en una profunda soledad y abatido por el peso de sus alas, Alfredo saltó desde el techo de su casa con la obsesión de salir volando y no regresar nunca más a ese poblado. Pesaba tanto su plumaje, que ni siquiera el viento de la tormenta pudo elevarlo suficientemente como para llevar a cabo su propósito. Luchó y luchó contra la pesadez, la tormenta aumentaba su furia, había plumas esparcidas sobre el suelo.
Al atardecer, una vez pasada la lluvia, Gloria advirtió que su hijo no estaba en la cama ni tampoco en el resto de la casa. Corrió hacia la calle, un tumulto de gente rodeaba un árbol. Mientras llegaba al lugar, se encomendó al Señor, a la Virgen y a todos los Santos conocidos. No quiso mirar a Alfredo, su niñito, que yacía muerto con alas blanquísimas debajo del olivo donde había sido bautizado.


11 de noviembre de 2011

LAS APARECIDAS, por Evangelina Arroyo


Cada vez que me siento a escribir, anoto sus nombres en el encabezado de la página. Se trata de ellas, mis musas a la hora de dialogar con la poesía. Las he leído, me he bebido sus palabras y en ellas pienso cuando la noche se hace insoportable. Mi manera de invocarlas es una necesidad, un trago dulce que me empuje al vacío y me rescate de la hoja en blanco.
Creo que de tanto llamarlas en medio de la oscuridad, se desencadenó este sospechado aquelarre.
Hace dos días, mientras trabajaba en un poema, escuché una melodía detrás de la puerta. Hubo primero un destello lila, enseguida una explosión de astros en la ventana: aparecieron sin anunciarse mis diosas y se posaron sobre la mesa.
La primera en hablar fue Marosa-mariposa. Tras haber pasado la noche en un bosque negrísimo y candente, se quejaba porque la luna la había abandonado en pleno sueño. Me dijo que quería recortarla del cielo y dársela de comer a las hadas, o quizás a los perros del agua. También creía conveniente hacerlos saltar y traerla de los pelos para que pidiera perdón a los zapallos.
Mi estupor fue tan grande que borré sin querer los versos ya garabateados en la pantalla. No supe qué decirle, la notaba impaciente, yo intentaba apurar una respuesta, y de pronto una voz interrumpió su discurso. Era Olga, envuelta en mística y hermosura, junto a su fiel Berenice. En su mano llevaba un arcano (creo que “La sacerdotisa”), no pude verlo bien porque apenas dirigí la mirada hacia él, lo escondió debajo de su túnica de niebla y entonó un salmo que yo sólo había oído en duermevela: “Olga: mujer-gata, mitad oropéndola, mitad oleaje embravecido.”
Asomaba sin querer Alejandra como niña descalza en secreto. Tenía en su rostro algo de Casandra, un vestigio de luz y locura haciendo juego con sus ojos. Pronuncié su nombre completo y sonó a flor de lis en la tormenta, a pieza de baile en un salón urdido por la soledad. Le pregunté sobre los poseídos, pero no quiso hablarme. En cambio, balbuceó unas palabras acerca de la sombra y la agonía que vendrán.
De un momento a otro se fueron. Me dejaron sola en el umbral de la poesía. Desde entonces, una mariposa, un oleaje, una flor de lis me acompañan y no me sueltan la mano.