Vuelos, descensos y caídas del taller literario de la Asociación Cultural Rumbo
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19 de agosto de 2013

Poemas a cuatro manos.



                            Duy Huynh

¿Qué harías con un abanico de silencio?
Podría
hablarle a tus ojos llenos,
pero esperaré las olas muertas,
el velo pardo del día;

tal vez
mis palabras te anuncien una respuesta.

Blanca Ciffo y Victoria Marín


*



Duy Huynh



¿cómo es posible el amor en medio de la bruma, cuando las amapolas destilan el perfume distante y febril de los versos en llamas?

mi despertar de la inocencia me desespera. 

Evangelina Arroyo y Blanca Ciffo



*
                                                                                              Duy Huynh


¿Imaginas un atardecer sin pétalos rojizos?
Acaso no sea necesaria la herida que los céfiros dejan a tu paso tras la locura.
Mañana volverás desnuda entre las hojas.

Blanca Ciffo y Evangelina Arroyo


Duy Huynh


Encerrada en la inconsciencia
¿cuándo naufragó mi vida?
sólo tu existencia dará sentido 
a mi absurdo vivir

¿por qué finges
soledad?

Claudia Maglio y Blanca Ciffo

*














                                                                     



1 de julio de 2013

De la lectura de haikus a la escritura mínima. Versos de Claudia Maglio-Esteban


Naces y mueres.
Parece imposible 
que aún ames.



 Akiko Ijichi


Entre tu amor
y el mío, respiro
un inútil adiós

Me muero, amor,
con los ojos abiertos
te digo adiós.




Akiko Ijichi


¡Despierta, alondra!
Mirada atónita. 
Me hundo en tí.


Refulge una
imagen inaudita.
Tú dentro de mí.

¡Basta ya!
Laderas oscuras
nos separan.

Me pierdo en tu 
nieve azulada sin razón.
Imagen sin igual.





 Akiko Ijichi

Mi sustancia grasa
espera tus manos.
Redondea mi pasión.



                  
                                                                                    


7 de octubre de 2012

EL GANSO DORADO, por Claudia Maglio



Desde las lejanas tierras milenarias del Oriente llega el Ganso Dorado. Maravillosa representación del dios chino Soshuny Diota. Venerado por siglos durante las dinastías Mikoko, Yanosuda y Tang To, llega por primera y única vez a nuestro país.

El singular y exclusivo amuleto de la buenaventura, se encuentra ahora a su disposición. Se acabaron los problemas económicos, sentimentales y/o físico- espirituales, pues llegó el Ganso Dorado que todo lo resuelve.

Cansado de trabajar todo el día por un magro sueldo? Harto de caminar buscando trabajo sin hallarlo? El Ganso Dorado lo convertirá en millonario, diciéndole adiós a los jefes abusivos y al desempleo.
Basta de tanta medicación que arruina más su aparato digestivo sin resolverle sus malestares físicos. El ganso Dorado lo envolverá de fluidos benéficos que lo sanarán para siempre.  


 Serge Bloch

Y  eso no es todo… Está harto de su soledad? No consigue encontrar su pareja ideal? Problemas en su matrimonio? Con el Ganso Dorado hallará la solución a estos y otros trastornos de convivencia.
El Ganso Dorado está realizado en verdadero oro macizo de 18 kilates, es único y exclusivo de la empresa  T. LA. PON. GO. S. A., de Ojala, EE UU.

Pasemos a los testimonios a nivel mundial de algunas de las personas beneficiadas con el Ganso Dorado:
-Sra. Dolores Delano (México): “Luego de treinta años de matrimonio, mi marido comenzó a alejarse de mí y me fue infiel. Deambulé por diferentes consejeros matrimoniales y hasta hechiceros y brujas que a pesar de ser muy onerosos no resolvieron mi problema. Estaba desesperada hasta que encontré  el Ganso Dorado y todo cambió en mi vida. Mi esposo no sólo regresó a mi lado, sino que tuvimos una segunda luna de miel que fue bendecida con la llegada de nuestro cuarto hijo. No puedo explicar con palabras tanta felicidad gracias al Ganso Dorado”.

-M. Jean Pierre Selacomme (Francia): “Tuve grandes problemas para conseguir un trabajo digno. Soy arquitecto, pero a todas las entrevistas laborales que asistía, me rechazaban. Recurrí al magnífico Ganso Dorado y, voilà! No sólo tengo trabajo en una gran empresa, sino que soy jefe seccional. El Ganso, sin ninguna duda cambió mi vida!”

-Dra. Vaporano (EEUU): “Siempre fui escéptica y nihilista, pero en mi especialidad que es la artropatía, hallé que los medicamentos eran inútiles con algunos pacientes que padecían artrosis. Un colega me recomendó el uso del Ganso Dorado y así fue que descubrí su “magia”. Mis pacientes se curaron definitivamente. Sigo utilizándolo aunque ellos lo ignoren. Dios bendiga al Ganso Dorado”




Serge Bloch
Este ha sido tan sólo un muestrario de los beneficiarios del gran amuleto. Como han comprobado, el accionar del Ganso Dorado es único e inigualable.

Para su uso, tan sólo debe frotarlo con intensidad pidiendo con fe su deseo mayor. También puede ser inmerso en agua, para luego beberla y purificarse; o, simplemente acariciar su cuerpo con el Ganso dorado mientras recita la oración que se adjunta a este magnífico amuleto.

El verdadero Ganso Dorado mide diez por veinte cm. Es útil y portable tanto en la cartera de la dama como en el bolsillo del caballero. Si llama dentro de los primeros diez minutos, le regalaremos cuatro Gansos Dorados de cinco por cinco cm junto a su cadena de oro de diez cm de largo, para llevarla en su cuello, móvil o llavero.

Es un bello regalo para su pareja, amigos e hijos. Ellos se lo agradecerán.
No se deje llevar por imitaciones! Esta oferta es limitada!
Llame ya! Y no se pierda el extraordinario Ganso Dorado. 

6 de octubre de 2012

DIARIO DE UNA QUIETUD, por Claudia Maglio



Martes 11 de Septiembre
He decidido que debo comenzar a experimentar mi quietud. Después de varios años de yoga y haber conocido al único y cautivante Gurú Sri Chantay, creo que debo comenzar. Según sus indicaciones voy a explorar mi interior y límites espirituales. Juro que mi excitación es única!

Miércoles 12
Ayer comencé por el primer grado, casi llegando a tocar el segundo. Tan sólo me puse en posición de loto y viajé a mi interior. Debo confesar que un porrito y un poco de whisky me ayudaron. Fue magnífico! Pude visualizar mis vísceras y mi cerebro convulsionado. Lo calmé y lentamente con desgano volví a la triste realidad.

Jueves 13
Hoy fue apoteótico, llegué al cuarto grado. Mis piernas casi entumecidas comenzaron a sentir un hormigueo, lo que me demostraba que habían alcanzado su adormecimiento. Todo iba bien. Mi lengua no tenía memoria del movimiento. Todo grandioso, hasta que llegó el boludo de mi marido y me preguntó: “vieja, qué hay para comer?” Juro que lo hubiese enviado con su reverenda madre, pero como me explicó el gurú, para realizar esta navegación hacia mi interior debía pasar por humillaciones y embistes a mi orgullo, por lo que dejé que hablara y sin contestarle, volví lentamente a ser la mujer corriente que todos conocen. Y, ahí, sí! Lo mandé a la mismísima MIERDA!!!

Viernes 14
Jamás imaginé lo difícil que es la quietud y cuántas cosas se anteponen a ella. Una vez conseguido mi quinto, sexto y séptimo grado quise probar suerte en el exterior. Debo aclarar que no sólo se trata de grados de profundidad en quietud, sino también el máximo grado en diversas posiciones yoguísticas, lo que es muchísimo más difícil. Para irme acostumbrando, y superado el introito con mi querido maridito, fui al jardín de casa y tomé la postura de “árbol”

                                                             

Puse un dibujo para recordarlo. Ay!, qué magnífico!!!  No sólo me adentré hasta el séptimo grado de quietud, sino que también pude sostener esta postura por UNA HORA!!!! Todo hermoso, pero no fui más allá de la séptima por un mosquito de porquería que no sólo se hizo un festín con mi cuerpo, sino que además se posó en mi nariz por un buen rato, como rebuscando dónde debía picar. Primero me hizo abrir los párpados, luego mis ojos con una bizquera esforzada, lo miraban mientras disimuladamente lo soplaba desde abajo con mi labio inferior. Consecuencia: picadura de primer grado en la punta de mi nariz!!!!  Mosquito PUTO, Y LA QUE TE RE MIL PARIÓ!!!!!!!

Sábado 15
Hoy realicé todos los quehaceres domésticos bien temprano, para poder dedicarme a full el resto del día a mi quietud. LLEGUÉ AL GRADO DIEZ!!!! Y en la posición Karnapidasana, una de las más difíciles. Para realizarla me fui al patio, pero esta vez me puse bastante repelente por todo mi cuerpo y cara, of course! Mujer prevenida, vale más que… Al principio costó, pero lo logré. Lo único malo, otra vez el boludo de mi marido, que al verme lo primero que hizo fue darme una flor de patada en el culo. Todavía me duele. Aunque no sé si la patada o mi ser interior que se ve afectado con sus estúpidas risotadas. La próxima, lo hago cuando él no esté.


Domingo 16
 Todo el día con tortícolis, seguro que por la tensión y mala sangre que me hice con mi maridito y los dos “nenes” de veintiocho y treinta años que tengo. No hicieron más que joderme cargándome todo el día, ya que su padre no tuvo mejor idea que contarles lo que estoy haciendo. Fue inútil que les explicara del gurú y mi anhelado viaje a mi interior y los grados de quietud alcanzados. Todo era risas. Estúpidos!! Quién me mandó casarme, y para colmo, traer a este malogrado mundo a esos dos flores de pelotudos!!! DÍA PERDIDO.
Lunes 17
ME ANIMÉ! FUI A LA PLAZA! ALABADO SEA KRISHNA Y MI GURÚ CHANTAY!!! Al fin, GRADO DIES,  y SEIS HORAS EN POSICIÓN UTKATASANA O POSTURA DEL PODER!!! Me siento tan emocionada!!!! La gente se paraba para observarme y, yo, nada, no moví ni un musculito. Fue impresionante. Medité tanto que mi espíritu se desligó de mi cuerpo, llevándome a mundos lejanos. Qué magnífico! En un momento una señora que estuvo varios minutos observándome dijo: “hay que estar realmente al pedo, para hacer esto y perder el tiempo así…” Pero nada, ni me inmuté, me sentía más allá del bien y del mal. Sólo tuve un pequeño traspié: una paloma de mierda me cagó la cabeza!!! Pero, seguí. Sólo se me escapó una pequeña lagrimita, porque junto a la cagada escuché a lo lejos, una ventisca sucia y ordinaria de carcajadas y aplausos… Pero, ahora que lo pienso, no fue tan malo, ya que me gané algunas monedas que dejaron dentro de mis zapatillas… Ja! Cuando se entere el infeliz de mi marido y vea que la esposa es capaz de ganarse unas chirolas haciendo el “ridículo” según él, vamos a ver si sigue burlándose…!!!!!!!



14 de junio de 2012

LOS ROSTROS, por Claudia Maglio



Hace ya algún tiempo, en un viejo pueblo donde viví hasta mi adolescencia, ocurrió una serie de fenómenos inexplicables, al menos para ciertas personas.
Debo aclarar que, como todo pueblo de provincia, nos conocíamos muy bien los unos a los otros, y que nada sucedía sin que en un instante nos enterásemos de algún nuevo acontecimiento. Pecados, alegrías, tristezas, proezas, desaciertos, casamientos, descuidos, arreglos, en fin, todo era de amplio conocimiento.
En la plaza mayor, central y única comenzaron a aparecer en sus baldosones una serie de manchas de procedencia incierta. El intendente y el resto de los pueblerinos estábamos consternados. ¿De dónde venían esas manchas? ¿Qué significado tenían?
El más atrevido del pueblo osó tocarlas y no halló restos de pintura ni ningún otro material con el que estuvieran hechas. El intendente mandó inmediatamente a lavarlas, pero ni el mayor corrosivo era capaz de hacerlas desaparecer. Lo más extraño era que se formaban ante nuestros ojos como si un duende invisible las dibujase y se burlara de todos.
Las manchas, al principio asimétricas y sin sentido alguno, comenzaron a unirse conformando caras, pero no cualquier cara, sino la de algunos de los vecinos. Al presentarse de esta forma, el temor los invadía aún más. ¿Qué significaban sus caras inlavables allí dibujadas?
Cada uno que allí aparecía retratado se encerraba en su casa a rezar; el cura comenzó a realizar misas y procesiones todos los días y el intendente llamó a un gobernador amigo que en reunión conjunta con pintores, arquitectos, ingenieros, profesores y sabelotodos no pudieron llegar a ninguna conclusión y mucho menos a borrarlas.
Lo terrible fue lo que siguió, pues a los pocos días de surgir la cara de algún poblador, éste irremediablemente moría sin causa alguna, sumándose a la desesperación el médico del lugar que veía fallecer a su clientela sin poder hacer nada al respecto.
Mis amigos y yo, que por entonces tenía catorce años, por las noches nos escapábamos de nuestras casas para observar el fenómeno, hacer teorías sobre las causas y sobre todo para pedir que aparecieran las caras de aquellos que aborrecíamos y nunca las nuestras.
El tiempo fue pasando, y con cada rostro un feligrés partía. Para nosotros era muy divertido. Cuando les tocó el turno a mis padres a mí se me acabó el entretenimiento.
Unos tíos maternos de un pueblo cercano vinieron a buscarnos a mi hermana y a mí. Fue triste irse de ese extraño y doloroso lugar.
Supe que este fenómeno duró por seis meses más y sólo quedaron en pie el cura, el abogado y el médico. Todo el resto de los habitantes fallecieron y con cada muerte sus caras iban desapareciendo.
A veces creo que tendría que haber pedido con más fuerza para que la tonta de mi hermana también muriera en ese curioso y bello tiempo.




10 de junio de 2012

CUENTOS MARAVILLOSOS DEL MÁS ACÁ: EL FLAUTISTA DE SAN NICOLÁS, por Claudia Maglio




Cuentan los que cuentan que luego de trabajar  en la ciudad de Hamelín, donde además de desratizarla y tomar medidas extremas dado que no se le pagaba lo prometido, el flautista llegó a San Nicolás…
Vino sólo a descansar, mas como siempre la “fama” nos precede, gran revuelo causó su llegada.  No fueron pocos los que temieron, incluido el intendente y su secretario Manuelito, pero el flautista sólo deseaba descansar y si podía, pescar también…
La primera medida tomada por la intendencia fue que no se lo molestara y que todos los servicios, incluyendo posada y comida, no le fueran cobrados pues no querían molestarlo con pavadas ni pedidos y muchísimo menos encender su ira.
Así fueron pasando los días en absoluta y tensionante tranquilidad. Por las noches, para despuntar su vicio, el flautista se acercaba al río y comenzaba a tocar dulcísimas melodías que cautivaban con su aroma a chocolate y marrón glacé a las mujeres de San Nicolás. Todas, irremediablemente, se levantaban de sus lechos y salían en su búsqueda guiadas por esas notas tiernas que inundaban sus almas. Sentían pequeños cosquilleos en su corazón que las cautivaban. Su gran deseo: conocer no sólo al flautista sino también a su flauta y, probar del dulce néctar armonioso que de ésta se desprendía.
Los hombres se enardecían cada día más y les reclamaban tanto a Ismael como a Manuel, que algo hicieran con este estafador sentimental que a sus mujeres cautivaba y llevaba hacia sus lares. Se estaban convirtiendo en verdaderos “cornudos” a sabiendas sólo por temor de los que dirigían la ciudad, que también sufrían en carne propia las pequeñas fiestas que sus damas gozaban con el maquinador  visitante.
El comisario en jefe, a quien su esposa ya se le había ido con la flauta maravillosa del extranjero, se le ocurrió investigar la vida personal y los secretos que guardaba el gran flautista, que como todo hombre, seguramente debería tener.
Fue así como descubrieron que en la ciudad de caramelo, allá lejos, cerca de las Antillas celestes,  vivían su fiel esposa junto a los veinte hijos de la pareja. No era de extrañar la cantidad de hijos que tenían, pues cuando una flauta es muy dulce y es  tocada por un gran maestro  unido a una bruja-maga, digna hija de la diosa de la fertilidad, estos suelen ser los resultados más comunes.
La cuestión es que la autoridad de San Nicolás se reunió y comisionó al jefe policial para ir a buscarla.  No fue fácil dar con ella, se pasaba todo el día trabajando no sólo con sus párvulos sino también como maga. El comisario al hallarla le comentó las andanzas de su flautista esposo, por lo que ella como buena bruja-maga, decidió emprender el vuelo e ir a buscarlo.
Al llegar a nuestra ciudad, se escondió para que él ignorara su presencia. Por la noche, cuando el flautista salió a tocar y conquistar, escuchó a lo lejos  la cautivante voz de la Siringa que su esposa, como buena griega, acariciaba. La atracción era fatalmente sugestiva, no podía evitar escuchar, tanto fue así de mágica y enceguecedora que el flautista dejó de tocar su instrumento.
Desconcertado, inmensamente herido por tan bella melodía, comenzó a caminar dirigiéndose como un autómata hacia ella que lo esperaba en la plaza central. Al verla, temió lo peor. Una tormenta extraña se desato, caían gotas de miel copiosas sólo sobre ellos dos. La astuta bruja-maga, lo envolvió con su capa de azúcar y mazapán. Lo miró fijamente con sus ojos amarillentos transparentes, y acariciándolo sólo se le escuchó decir: “en casa hablamos”. Él agacho su cabeza, le entregó su flauta y sin decir nada subió al carruaje de nueces y canela tirado por dos bellos ciervos de arroz con leche.
Partieron. No se supo nunca más de ellos, pero algunos cuentan que en las noches tormentosas se puede escuchar a la esposa del flautista tocando su melodiosa siringa, y a él riendo con su suave risa verde limón junto a sus ahora veinticuatro hijos.
Y como terminan todos los cuentos: colorín colorado... Esto, ¿se ha acabado? 





9 de abril de 2012

LA AVENTURA DE UNA MUJER LLAMADA IRENE, por Claudia Maglio

Se miró una vez más frente al espejo, en el día de su cumpleaños quería observar bien las marcas  que surcaban su rostro, esas profundas cicatrices comúnmente llamadas arrugas. Era dueña de varias, y a cada una se las había ganado bien. En su monótona vida, cada día significaba una amargura que se sumaba y en el rostro una huella sin querer, dejaba.
Se sentía sola, defraudada, en realidad vivía sintiéndose así, no recordaba un sólo día que no guardara ese sentimiento interiormente.
Por las mañana se levantaba a las seis en punto, no era de desperezarse o retozar entre las sábanas y hacerse esperar. Ella apenas sonaba el despertador, o antes incluso que éste cumpliera su función, abría los ojos e inmediatamente comenzaba su ritual:
Primero se lavaba la cara y los dientes, preparaba su café, lo tomaba apurada mientras espiaba que su madre no se despertara. Nuevamente el ritual del baño, esta vez con una revista o libro en mano. Luego se peinaba y se pasaba algo de maquillaje. Dejaba la vestimenta para escasos minutos antes de salir.
Cuando consideraba que estaba lista, preparaba la leche para su madre y muy despacio junto a dos bei biscuit la despertaba. Hacía más de diez años que estaba postrada por la diabetes que ya sus piernas hasta la altura de la rodilla se había llevado. Irene era sus piernas, su enfermera, su criada, todo. Vivía en cama o en la silla de ruedas con la que la sacaba a pasear los sábados o a visitar el médico cada quince días.
Le servía el desayuno, esperaba a que lo terminara y en brazos la levantaba  y llevaba al baño, la higienizaba y aspiraba en forma automática y sin olfato las malolientes heces y orina que su madre depositaba y que ella con cuidadoso esmero debía lavar de su zona ano genital. La entalcaba, la sentaba en la silla de ruedas, la peinaba, abría las ventanas, hacía la cama, le prendía su televisor y ante él la dejaba.  Gracias a Dios la madre podía calentarse en el microonda la comida que ella le preparaba para almorzar y sabía llamarla a su celular o a emergencias si algo pasaba.
De todos modos a lo largo del día ella no dejaba pasar media hora que no hablara con su madre para saber cómo estaba.  ¡Pobre! La necesitaba, la dejaba hablar, como cuando se levantaba e Irene siempre respondía con un “sí, no o está bien mamá”. Jamás existía algo que Irene hiciera bien según la óptica de su madre, por lo que desde que se despertaba rezongaba primero por la enfermedad y luego por el mal desayuno que su hija le hacía; la falta de dinero; el que no la ascendieran después de tantos años en el empleo, lo cual seguramente se debía a su ineptitud; lo mal arreglada que estaba; lo pálida y ojerosa que la veía, y como era esperable: -“¡Por eso no te has casado!” “¡Quién va a querer una mujer con esa cara de amargada y para colmo cada día más vieja!”.
Irene disimulaba como podía lo hastiada que estaba, trataba de comprenderla, la perdonaba por su condición de enferma lisiada, sólo suspiraba y seguía con su rutina diaria.
Se vestía, y salía hacia el empleo, llevaba 28 años en la misma oficina, pronto se jubilaría. ¿Le alcanzaría para vivir con su mamá, entre su jubilación y la paupérrima pensión de ella? Subía al mismo colectivo de todos los días, el chofer ya la conocía, a veces se daba cuenta de los años que pasaban porque ya no la llamaban señorita sino señora, y porque la gente que casi siempre viajaba con ella se iba renovando, los más viejos no aparecían, los niños del colegio luego los veía con novia y hasta nenas que vivían por la zona las había visto vestidas con guardapolvo y luego embarazadas.”¡Cómo pasa el tiempo cuando una está ocupada!”, pensaba. Llegaba a al trabajo y en él con su mente en la madre, se abocaba hasta las 15 hs. momento en que volvía a su casa.
A veces para cambiar un poco, caminaba algunas cuadras y después tomaba el colectivo. Al caminar imaginaba cómo habría sido su vida si su mamá no se hubiese enfermado, el padre faltado desde hacía más de treinta años, si hubiese dado un sí gigante a su Ricardo…., pero era un veleta, seguro que ya a esta altura la habría dejado, porque ella es de perdonar y seguro que hubiese aguantado.
Llegaba a su casa, recostaba un rato a la madre mientras preparaba la cena. Comían  juntas, le contaba las novedades de la oficina que no solían ser muchas, miraban la tele juntas, lavaba los platos, daba los remedios a su mamá, la bañaba, la peinaba, le ponía una rica colonia y la acostaba. Después recién Irene se duchaba y miraba un rato más la televisión o a veces se le daba por espiar la ventana mientras degustaba un exquisito té de boldo. Acostumbraba acostarse temprano, al otro día la vida continuaba. Ese día como era su cumpleaños se quedó escuchando música y observando por la ventana, de golpe vio una estrella fugaz, pidió sus deseos rápido antes que se escapara y pensó, “Ay, viaja, pelea, dulce peregrina rodeada de cisnes imaginarios, moños y cintas de diversos colores. Vuela y revive trémula, suave, sedosa las etéreas voces de los olvidados por Dios”.

15 de diciembre de 2011

UN PEQUEÑO JUEGO, por Claudia Maglio

Mi familia, es muy singular, un poco excéntrica, rayando con la mediocridad y la decadencia de la oligarquía que debió salir a trabajar y mezclarse con los aromas del populacho a los que, por supuesto, no estaba acostumbrada. Tal vez ello explique algunos de los ritos y juegos con los que se entretenía desde antes que yo naciera y que continúan hasta hoy día. 
Vivimos todos con mi abuela materna en una casona de principios del siglo XX y que aún se conserva, aunque derruida en algunas de sus partes o con goteras y pequeñas a medianas manchas de humedad en sus techos por falta de estipendio para subsanarlas. Nada de esto importó nunca a la familia, pues creo que en negación a la intolerable realidad, siempre vimos a la casa como lo fue en sus tiempos gloriosos de carruajes, fiestas, servidumbre, costosos vestidos, joyas, elegantes habitantes de una monstruosa fantasía que se mezclan con aromas a jazmines, mata polillas y alcanfor.
Todas las semanas se realizan sesiones espíritas en las que participan todos los miembros de la familia, tanto encarnados como desencarnados, es decir, los que para el vulgo serían vivos y muertos. Son muy lindas estas reuniones ya que generalmente viene algún conocido a visitarnos. En el barrio todos saben que somos espiritistas por eso creo que a veces nos observan con caras asustadas, o con deseos de enviarnos a la hoguera. Sí, definitivamente eso explica porque cada vez que pasan por delante de nuestra casa todos irremediablemente se persignan.
Esta actividad al igual que otras las consideramos una forma de reunir más a la familia, de demostrarnos nuestro amor y, como ya he explicado, evadirnos un poco de la triste realidad.
Apasionados por generaciones a la lectura de los libros policiales, se decidió hace muchos años, una vez por mes jugar a Los Detectives. Cómo es?, muy sencillo, generalmente preparaba todo mi abuela y cuando ella se fue tomó su lugar mi madre, mi hermana mayor y luego yo. Las bajas se dan siempre por partidas al más allá, nunca por otra razón. El juego consiste en fraguar un asesinato, ideado por quien dirige el juego y el culpable, tomamos los roles de víctima, asesino, sospechosos y un detective, este último se rota ya que todos queremos sentirnos un Sherlock Holmes, o miss Marpple, Messier Poirot, el comisario Maigret o el  Padre Brown alguna vez.
Se debe planificar muy bien los detalles del crimen, móvil, coartadas, lugar del hecho, en fin una serie de situaciones y escenas con algunos datos a descubrir, como cartas, mensajes y más. En esto pueden ayudar al “director” aportando ideas el resto de la familia excepto aquél que será el detective.
Cuando todo está preparado, se lleva a cabo un asesinato y el llamado a un inspector que tratará de hallar al o los verdaderos culpables. Este juego lleva días de investigación, interrogaciones a los sospechosos, búsqueda de pistas y hasta estudio de la escena del crimen y el cadáver. Como la casa es muy grande hay muchos lugares para investigar, algunos habituales y otros poco visitados y a veces tétricos, como el desván. Por supuesto nadie debe dar pistas, ni ayudar, y como la tentación siempre surge es por eso que el único que sabe quién es el asesino son el autor y el director del juego. La mejor en esto, sin lugar a dudas ha sido mi abuela que preparaba cada escenario tan bien que hasta esparcía sangre, daba vuelta o escondía las cosas haciendo muy difícil resolver cada caso.
Hemos pasado muchos años haciendo esto, es realmente apasionante y aumenta la adrenalina a medida que nos vamos acercando a la verdad. Sólo en una ocasión sufrimos un “pequeño accidente”, y lo escribo entre comillas porque es el día de hoy que nadie en la familia sabe qué ocurrió en realidad.
Cierta vez mi abuela había organizado todo el juego, la víctima era una de mis tías, apareció con el cuello cortado envuelta en sangre en medio del jardín de invierno, rodeada de hermosas flores, al igual que un ritual. El hecho era desconcertante y en esa ocasión mi tío Braulio tomó el rol de detective, a él siempre le gustaba hacerse pasar por Auguste Dupin, el célebre detective de Edgar Allan Poe. Durante días buscó, revisó, nos entrevistó a cada uno y no halló ni una señal o pista que diera con el o los asesinos. Lo más difícil fue cuando el cadáver desapareció, mi tía no se hallaba por ningún lado, realmente realizó una excelente actuación. Todo estuvo brillante, cada uno de nosotros aunque quisiésemos ayudar nada sabía, y a veces la curiosidad hacía que nos pusiéramos a ayudar al detective en su búsqueda. Pasaron así varios días, cada noche nos acostábamos pensando en lo bien que había planificado esa vez el asesinato mi abuela y casi no dormíamos por pensar y dilucidar la verdad. Claro que todo tiene un fin, al cumplirse dos meses de la desaparición del cadáver, algunos sobretodo mi tío Braulio comenzó a ponerse nervioso y a pedir que acabáramos con ese juego. La tensión aumentaba con los días y aunque buscáramos a mi tía, ahora ya todos, ninguno la hallaba, mi abuela juraba y perjuraba que no sabía nada, que la sangre era la que ella hacía exprimiendo carne, mi prima Elba quien se suponía era la asesina de su madre sólo lloraba y gritaba por su mamita. A mis tíos se les ocurrió llamar a la policía, a lo que mi abuela se negó pues cómo explicaríamos el juego y la desaparición sin caer como sospechosos algunos o toda la familia? Nuestro apellido sería pisoteado y correría de boca en boca, no se podía permitir semejante escándalo.
Fue así como el tiempo pasó, nunca pudimos terminar bien ese juego. Claro que luego de un tiempo prudencial, en que los ánimos de todos se calmaron, volvimos a jugar. Siempre lo tomamos como una travesura de mi tía, ya que su cadáver nunca apareció; pensábamos que se había fugado tal vez por no querer jugar más. Mi prima Elba pasó del llanto a la furia junto a mi tío Manuel, hija y esposo de la desaparecida, aunque nunca me quedó claro si fue por su fuga o por haber abandonado el juego, a veces algunos de mis familiares son tan particulares…
Hace dos años, en una hermosa sesión espírita, se videnció el espíritu de mi tía, lo que nos dio la pauta de que ya partió al más allá, lo que aún no sabemos es si fue por su propia voluntad o porque alguien la ayudo. Ella sólo mostraba su cuello cortado y nos señalaba a todos por lo que suponemos que algo de asesinato o suicidio sucedió, tal vez nunca lo sepamos, lo que sí sabemos con seguridad es que su cadáver nunca apareció.

19 de noviembre de 2011

AUTOBIOLOGÍA, por Claudia Maglio


Los zapatitos me aprietan porque mis juanetes y el espolón están cada día peor.

Mi colesterol y la diabetes  se cotizan bien en la bolsa, pues están en alza al igual que mi maldita presión.

De la cintura y caderas, mejor no hablemos. Se empeoran, empecinadamente, cada día más. Ya casi no camino y menos pensar en agachar.

Nací bella, sana, mas ahora qué me pasó? La vida, diría mi madre.
Los años, el cuadrúpedo de mi marido.

Es verdad, los años no me han pasado en vano.

Me cuesta levantarme cada mañana.

Si me río o toso, me meo, el prolapso ya ha hecho su aparición.

Me olvido de las cosas, más las disimulo diciendo que son tan sólo distracción.

Las várices, azules han dejado mis piernas y hasta                                                                                                       el ano me han invadido pues unas hermosas hemorroides me han aparecido.

El asma se recrudece y uso tanto salbutamol que arruino cada vez más el corazón.

Por las noches jadeo que soy la envidia del barrio,
pues creen que en todas ellas a mi marido agarro.

Los calores cada día más me invaden, la menopausia produce estragos.
Bochornos, diría mi abuela. Viejazo, los imberbes de mis hijos y ostentación, según mi marido.

Mis ciento ochenta kilos son tan solo por falta de ejercicio
que no puedo hacer por todo lo antes dicho,
pero estoy pensando en hacer un régimen extremo, agua, lechuga, diuréticos y laxantes. Liviana seguro me sentiré, adelgazar, no sé.

Mas todo va bien, salvo que llevo meses esperando que PAMI apruebe mi medicación,
 estos bestias me la darán cuando ya me hayan colocado en un cajón.

Y ahora debo dejar de escribir la artrosis en mis dedos no me permite seguir.


17 de noviembre de 2011

LA ESPERA, por Claudia Maglio





Recorría el parque como todas las mañanas. Me senté en uno de sus bancos donde se encontraba un extraño hombre absorto, mirando un punto fijo, meditando. Vestía de forma elegante con traje, bastón en mano, quevedos y sombrero bombín.
De pronto reparó en mí y me dijo: “Disculpe señorita, hace mucho que la observo caminando por aquí todos los días, pero es la primera vez que se sienta a mi lado”. “Puede ser. Yo nunca había reparado en usted”, contesté. “Don Gaspar Alonso Heredia, encantado. Y, ¿vuestra merced?”  “Diana” “Sabe, Diana, yo sabía que algún día usted vendría a sentarse aquí, a mi lado. La verdad es que la esperaba…”
“¿Me esperaba?”
“Sí, tengo tanta necesidad de conversar, y usted se ve confiable. Hace cincuenta y nueve años que espero relatarle a alguien lo que me ha sucedido. ¿Le importa si lo hago?”
“¡Sí, quiero decir, no! Cuénteme, soy toda oídos”
“¡Bien! Yo soy Contador Público Nacional, hombre de Alem, Hipólito Yrigoyen y Balbín. Siempre he sido honrado, así me educaron, y la palabra de honor tiene más importancia que una firma en un papel cualunque”
“Vea mocita” continuó, “Todo sucedió tan rápido que a veces debo hacer memoria para recordar. En el cincuenta y dos, unos amigos me avisaron de una muy buena inversión en acciones. Debía conectarme con un señor. Lo telefoneé y quedamos en encontrarnos acá. ¡Sí, acá! En este mismo lugar. Eran las cinco de la tarde, llegué puntual. ¡Detesto la impuntualidad! Pero el señor resultó ser un tipejo de baja calaña. Comenzó a dar vueltas con palabras incoherentes con respecto a la transacción. De pronto sentí la presencia de dos personas a mis espaldas. Uno me tomó por el cuello y me pidió dinero y joyas. Cuando quise meter la mano en el bolsillo interior de mi saco, un cuchillo me tocó sin lastimar mi costilla derecha, era de otro que también me atacaba por atrás”.
“Le entregué la plata, mi alianza y el chevalier al que tenía enfrente.  Fue todo uno, la toma de mis valores y un cuchillazo en el corazón. Siguieron los que estaban por detrás. El que me tenía por el cogote, me lo clavó por la izquierda; el otro, por el pulmón derecho”.
“¡Ay juna! Me mataron, pensé. Me llevaron a un costado y salieron corriendo.”
“Por un tiempo quedé allí tirado, confundido, sin saber lo que realmente me sucedía. De a poco, muy lentamente, me pude ir dando cuenta de la realidad. ¡Estaba muerto! ¡Sí! ¿No me cree? Mire aquí, todavía el puntazo en el corazón sangra. ¿Lo ve? Y en la espalda igual. Fíjese m’hija, observe el saco roto, mojado y pegoteado. ¡Toque, por favor, toque!”
Con mucho miedo teñido de asco tomé valor y observé que mis dedos se manchaban con sangre y sentí el olor nauseabundo que de sus orificios emanaba. Comprobé perpleja y aún dudando que ese hombre me decía la verdad.
“Pero…”
“¡Sí, ya sé! No comprende ¿verdad?” “Al principio yo tampoco podía entenderlo pero, es así. Hace cincuenta y nueve años que espero a que esos desgraciados vuelvan. Dicen que los asesinos siempre vuelven a la escena del crimen, ¿no es así?”
Atónita le contesté, “Sí, claro. Es cierto.”
“Mire, mi niña, se olvidaron de quitarme mi reloj de bolsillo, supongo que por el apuro. ¡Acá está! Fíjese, se quedó clavado en la hora de mi muerte, las siete de la tarde. Ah…, pero yo sé que van a venir…”
“¿Y su familia no lo buscó?
“¡Claro, mi niña! Pero…, no me encontraron. Los sabandijas me empujaron hacia esos árboles, ¿ve entre las acacias y aquella magnolia? Justo ahí. La policía y mi familia me buscaron, pero siempre que pasaban al lado de mi cuerpo miraban sin mirar. Al final me cansé de hacerles señas y decirles dónde estábamos mi cadáver y yo. Los mandé al diablo ¡Buenos para nada, la policía y ellos!”
“Pero… ¿usted realmente cree que está muerto?”
“¡Más vale! Además se me presentó el ángel negro, no sé si usted ya lo vio. Es uno grande, oscuro, que tiene cabeza sin cara. Tiene un velo y una capa negra metalizada brillosa. Se desliza, no camina. Tiene brazos sin manos y piernas sin pies. Él fue el que me dio la bienvenida al mundo de los muertos, al mundo espiritual. Me quería llevar, pero yo no quise. Me negué férreamente y le expliqué que hasta no tomar de los fundillos a esos cacos y darles un buen susto, no me iría de aquí. Porque le repito, ¡sé que van a volver!”
Siguiendo su juego, le dije: “¡En cincuenta y nueve años es un poco difícil, si no lo hicieron antes…!”
“No me importa, si algo tengo de bueno es mi paciencia, sé esperar. Así, como a usted, después de tanto tiempo de observarla caminar por este parque y no verme, hoy vino, se sentó a mi lado y se puso a conversar conmigo… ¡Algún día ellos también llegarán!”
Asustada, acongojada, me excusé ante don Gaspar y me alejé. Los ojos a cada paso se nublaban más por las lágrimas y mi corazón replicaba en la garganta ahogándome. Estaba destruida, asombrada, confundida y, mientras pensaba en mi nueva condición, un niño con su patineta mi cuerpo atravesaba.