Vuelos, descensos y caídas del taller literario de la Asociación Cultural Rumbo
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14 de marzo de 2015

Fly Away

María Victoria Marín

                                                                            Criar claveles
                                                                                                o murciélagos,
                                                                             no es más que medir

                                                                             la transparencia del tiempo.




…como cuando galopaste mi humo

azul de mujer
y soplaste
mis trenzas hacia el norte…
         
                                              

Muy verde el anochecer
de vestidos sin hadas
hasta que se movieron
los números
y los hilos


¿Acaso
                  la piel de la noche
                              alcanzará a zurcir la lluvia
                  en las azucenas?



Hierven lámparas oscuras;
miro las sombras de las dulceras
en las clavelinas.


Imágenes de Christian Schloe
                         

27 de mayo de 2014

ENCUENTRO, por Victoria Marín

Saliste anaranjado escondido detrás de un manto de niebla. 
Te espié como una niña, y tu mirada profunda me atrapó al instante.
Te miré, me sonreíste, y con paso firme, abandoné las sombras del pasado.

Desde ese día entramos en lo que yo solía llamar pasión, en lo que vos solías llamar ternura. 
En lo que el tiempo convirtió en amor, desmedido y opulento, 
como un pez gordo anaranjado escondido detrás de un manto de niebla.


19 de agosto de 2013

Poemas a cuatro manos.



                            Duy Huynh

¿Qué harías con un abanico de silencio?
Podría
hablarle a tus ojos llenos,
pero esperaré las olas muertas,
el velo pardo del día;

tal vez
mis palabras te anuncien una respuesta.

Blanca Ciffo y Victoria Marín


*



Duy Huynh



¿cómo es posible el amor en medio de la bruma, cuando las amapolas destilan el perfume distante y febril de los versos en llamas?

mi despertar de la inocencia me desespera. 

Evangelina Arroyo y Blanca Ciffo



*
                                                                                              Duy Huynh


¿Imaginas un atardecer sin pétalos rojizos?
Acaso no sea necesaria la herida que los céfiros dejan a tu paso tras la locura.
Mañana volverás desnuda entre las hojas.

Blanca Ciffo y Evangelina Arroyo


Duy Huynh


Encerrada en la inconsciencia
¿cuándo naufragó mi vida?
sólo tu existencia dará sentido 
a mi absurdo vivir

¿por qué finges
soledad?

Claudia Maglio y Blanca Ciffo

*














                                                                     



19 de junio de 2013

JUEGOS POÉTICOS, a la manera de Haikus


BASHO, SAIKAIKU, TOJUN y UTSU nos inspiran.
TAKATO YAMAMOTO nos ilustra.



Parecían extraños
bebían a gotas
la última noche.

                             





El alba etérea
        redondeaba la luna
            en un sueño profundo.








Una tarde ocre
será toda mi vida
un beso de adiós







Nieve azulada
se sumerge en tu vientre. 
Hoy has vuelto.



Fuego almacenado
despierta secretos 
detrás del silencio.






Sedosas alfombras
me hundían en el cielo
cuando vos estabas.



Refulge la tarde.
Horizonte encendido.
Melodía del tiempo.




Esa guitarra
abismo de ilusiones
eco de dolor.


Mantente alerta
en la voz del silencio
se oye la verdad.


por Victoria Marín




6 de octubre de 2012

CALMA PENDIENTE, por Victoria Marín


Hace un mes atrás, al mudarme a mi nuevo departamento, encontré un estallido debajo de la cama. Sucedió una madrugada en medio de una trasnoche rojiza que anunciaba una tempestad. Calenté agua para un té que me sirviera de compañía, y lo observé un largo rato. Inútil fue la mirada escasa y decadente de las horas tempranas. Lo coloqué en el ángulo de la ventana y el sillón verde.

Edward Hopper


Pasaron varios días desde que mi estallido de ruido decoraba el departamento con su estridencia. Se estaba haciendo intolerable. Entonces me dediqué a estudiarlo, investigarlo. Elaborar una escala de ruido sería de gran utilidad para comprender de ese manojo de bulla, su razón de ser.

30 de agosto
Estoy feliz con mi departamento, mis plantas, mi pañuelo de seda. Al llegar del trabajo solté el abrigo, intenté revisar mis mensajes en el contestador… pero en ese momento una vibración hizo que la cortina delineara una ondulación en la ventana, ¡mi estallido! A ese destello lo coloqué en el grado 10º de mi escala.

07 de septiembre
Limpieza general. Extenuante pero imprescindible en todo departamento pequeño que merezca ser respetado. Archivos, suvenires, pulseras, fotos… la caja decorada al fin cobraba un valor útil. Un casete del lado B, subí el volumen porque no se oía bien. Pensé que se trataba de la cinta, pero la interferencia la provocaba el estallido. El ruido era  continuo, sin pausas. Ese fue mi grado 8º de la escala.

  Edward Hopper

15 de septiembre
La primavera incipiente. El aroma en las veredas, en las puertas, en las manos. Pasé por una calle que quiero, una calle que me lleva más lejos de donde voy. Volví por otro camino y me senté en el sillón al lado de la ventana. Fijé la vista en un punto distante y no pudo distraerme siquiera mi estallido, el cual  ensayaba el grado 6º a dos tonos.

26 de septiembre
Buscaba mi vestido azul. El que resistió tormentas, el que me llevó a aquel concierto... Lo encontré, le añadí un lazo y lo colgué en una percha para que despidiera los restos de humedad. Un silbido en la ventana, una intención de sonido, mi estallido se debilitaba. Me pareció un grado bajo, percudido, como el vestido, pero sin el lazo. Coloqué ese eco en el grado 3º de mi escala.


03 de octubre
Hoy por la mañana lo encontré en la calle. Estaba sentado de espaldas a mí. ¡qué emoción! Hacía tanto que no lo veía… desde que me mudé a mi departamento… desde que… Nos miramos como extraños. Seguí mi camino a medida que su imagen iba quedando atrás, como algo que el pintor colocó en el vértice oscuro del cuadro. Al regresar a casa mi estallido se había apagado.


 Edward Hopper

14 de junio de 2012

ECOS DE RADIO, por Victoria Marin



“Nueve horas, el cielo despejado, la temperatura es de diecisiete grados y la humedad del sesenta por ciento”… suena una canción, podrían ser Los Plateros. Entre quehaceres domésticos de fin de semana me había entretenido bastante siguiendo las noticias de una obra que en la ciudad prometía ser un gran negocio. Cada semana escuchaba las novedades del avance en la construcción, de los materiales que habían hecho traer del exterior, de los mejores arquitectos, ingenieros y maestros mayores de obras que trabajan día y noche para acelerar el levantamiento. Se instalaría un centro comercial con más de cuarenta tiendas en cada uno de sus pisos, bazares de gran porte, salas de cine, restaurantes, y hasta un hotel de mil estrellas para los visitantes. Sería un espectáculo para la ciudad, ese atractivo turístico que estaba necesitando. Yo ya pensaba en las recorridas que me daría en busca de algunas chucherías, con la simple excusa de  circular por sus pasillos, por sus lujosas escaleras, y las reuniones que organizaría en las mesas de los bares entre vidrieras y muestras de perfumes. Un acontecimiento como hace tiempo no ocurría en la ciudad. La emisora anunciaba que estaría listo para la primavera, mientras tanto seguía enumerando las miles y millones de inversiones, los eternos trámites municipales que habían tenido que padecer para al fin dar con el terreno solicitado, las protestas de los mercaditos de la zona, y no sé cuántas otras cosas que el locutor se encargaba de comunicarme entre unos clásicos que olvidaban el presente, y hacían soñar con otros tiempos. La radio había logrado empaparme de ansiedad consumista. Basta decir que esperaba anhelante cada domingo para enterarme de todos los detalles de la edificación y así reconstruirlos en mi imaginación como un plano intuitivo. Ya sabía dónde estarían los libros, hasta pensé en concurrir regularmente y así concluir por leer alguno, disimulando para que no me vayan a marcar de oportunista.
Habían pasado cerca de cinco meses de seguimiento meticuloso. La radio comentaba que faltaba muy poco para la inauguración, entonces decidí que era hora de visitar la construcción que me había quitado el sosiego de los domingos. Ya podría reconocer todas las pinceladas de mis alucinaciones. Había anotado la dirección al mismo tiempo que buscaba en mi mente como una brújula humana sin dar con suerte en la ubicación exacta. Así pensé que lo mejor sería tomar la bicicleta y recorrer los caminos conocidos que podrían llevarme a ella. En el viaje proyecté varios acontecimientos: algunas personas abarrotadas tratando de escurrirse entre las rejas, niños jugando en el parque circundante, mercaderes con carpetas vislumbrando sus transacciones, profesionales dando las últimas órdenes edilicias, algún medio de comunicación, tal vez la radio que acompañó la faena. No podía estar muy lejos, esa era la calle, la altura. Saqué el papelito arrugado de mi bolsillo con la dirección escrita, estaba parada justo frente al portón de ingreso vehicular. Desconcertada miré  hacia ambos lados, el viento arrastró un residuo de hoja avejentada con un plano de arquitectura. Giré y pude observar un aglomerado de ladrillos, un cementerio de ambiciones. Entre confundida y desorientada, sólo pude acercarme a un hombre que pasaba por el lugar, y  titubeando le pregunté por el centro comercial. El hombre tuvo que pensar por un momento, pero al instante lo recordó perfectamente; la obra fue clausurada antes de inaugurarse, luego de un derrumbe en uno de sus pisos que le causó la muerte a más de treinta obreros una primavera hace casi cien años.




9 de abril de 2012

ANTES DE QUE SILBEN LOS PÁJAROS, por Victoria Marín

Son las siete. Todavía no amanece. Lo sé porque la sombra que dibuja la ventana no se filtra aún entre las hendijas y los pájaros andan revoloteando todavía como si tuvieran  la expresa orden de silbar a las siete en punto. Estoy un poco ansioso. Aunque ansiosos son los que esperan algo y no los que esperamos la nada. Mario dice que ha visto varios en estos treinta años de carrera. Pero yo no he visto a ninguno, ni siquiera a El Nene, ese sí que tenía todos los números, pero el muy zorro la hizo bien. Yo, si hubiera hecho lo mismo que él, también habría zafado. Pero quién va a creer que me faltan caramelos. Cualquier otro hombre en mi lugar hubiera hecho lo mismo.

 Estoy por terminar el cuadro. Voy bien, el fondo fue fácil, no necesité colores, me bastó un poco de blanco que mezclé con negro, el gris creo que es el tono justo.  En el centro plasmé el animal. Con los ojos desorbitados, el pelaje alborotado, los colmillos filosos, la garra... Hoy no tengo ganas de pintar, hoy estoy ansioso. Mañana tendré todo el día, o pasado mañana, o…

No estoy durmiendo muy bien, mamá dice que es la conciencia, o la inconciencia, dice. Pero yo ya le dije que se cuide la salú, y que no ande preocupándose por mis asuntos, sino va a terminar como papá. Yo no sé más que decirle a esa mujer. Los pibes ya no vienen, suerte que tengo a Mario para charlar. Él si me entiende y no tengo que preocuparme que le dé un infarto. Está acostumbrado. A él le pido los óleos y los pinceles.

Yo le conté a Mario de mis sueños y de las trasnochadas que me mando gracias a ellos. De las voces que escucho, y dice que es parte de este lugar y de la inmensa soledad que nos tiñe la vida. A veces parece un escritor, de cómo habla. Pero yo me siento acompañado. Si él no estuviese del otro lado le daría un abrazo.

No sé si voy a tener tiempo de terminar el cuadro. El bermellón es difícil de conseguir en las librerías de este barrio. Y yo no puedo soportar que la garra tenga otro color que bermellón.
Mamá dice que no pinte más, que no es otra cosa que desnudar la verdad ya revelada, que es redundar en lo acontecido, que es morbosidad desbordada, y no sé cuántas otras cosas más me dice. No entiendo por qué se ensaña tanto con mi pintura. Estoy tan ansioso.
El carmesí es parecido. Pero no es igual, igual. Y yo lo tengo bien presente. Es bermellón. Ese es el que tengo que usar. Nadie más que yo y solamente yo para saberlo. Mario dice que lo va a conseguir antes de ese día, porque sino no tendré tiempo de terminarlo.

Pero hoy estoy muy ansioso. Tengo miedo, miedo de no llegar a ese día por tanta ansiedad. Imaginate que me muera antes. Que desilusión. Que ironía. Que cobardía.
Mañana me pongo a pintar, lo termino todo, y así cuando llegue Mario con el bermellón le doy el toque final antes de que silben los pájaros.



Mi prisionero
Hermel Orozco
Ecuador

13 de marzo de 2012

Juegos poéticos de ARTE y ESPANTO, (uno)

Magritte


Con las alas del lienzo, el artista imaginó un renacimiento. 
Lo observó con la pluma y lo admiró con el alma hasta crear otro cielo con las manos.

Vicky Marín


22 de noviembre de 2011

AUTOBÍO, por Victoria Marin


Ya te olvidé.
La flor del jardín más lindo,
la del cantero grande, al lado de los jazmines.
La que regué el día que cumplí dos años.
La que tenía mi abuela.
Ya te olvidé.
El cuento del gnomo del árbol.
El que fabricaba brebajes 
de alcohol y de manzana.
Ya te olvidé.
La cuna vacía al costado.
Golpe de puño en el alma.
Tu nombre en cada esquina de una casa.
Ya te olvidé.
El pelo atado a fuerza de cintas como alas,
que en las tardes de la escuela
volaban entre sumas y restas.
Ya te olvidé.
La calle de punta a punta
recorrida en bicicleta,
hasta que el sol se ponga
y antes de que oscurezca.
Ya te olvidé.
El primer desvelo causado
por descubrir que la noche sigue
aunque la persiana se cierra.
Ya te olvidé.
El cuerpo a cuerpo temprano,
goce en un mar de estrellas.
El huracán y después la calma.
El olor, el gusto, el miedo.
Ya te olvidé.
La risa insostenible hasta las lágrimas
la que contagia
hasta el hartazgo de morir riendo.
Ya te olvidé.
El amor primero,
el más sano,
el más limpio,
el más eterno.
Ya te olvidé.
La imaginación como política
y la música como credo.
Ya te olvidé.
Ya te olvidé.
Y no puedo.


11 de noviembre de 2011

MALA MEMORIA, por Victoria Marin

Me levanté esa mañana con una intranquilidad propia de los días que uno sabe que debe hacer algo pero no recuerda qué es lo que debe hacer. Por una acción sistemática de cada domingo, calenté agua y me preparé un café. No tardé en darme cuenta que, sobre mi pijama y lejos de algún composeé, traía puesta una escarapela.
No es muy común irse a la cama con una escarapela en el pecho, por lo que deduje que aquello era una señal.
Inmediatamente esta situación me condujo al calendario. Lo ví todo más claro. Era 9 de julio y lo sería todo el día. Advertir tal efeméride me recordó que debía terminar el libro de Julio Cortázar, que jugaba a la rayuela en las baldosas de mi cocina.
Algún motivo muy importante debería tener para dejar ese libro entre manteles y platos hondos, y no en la biblioteca donde acostumbra uno dejar a los libros. Además de revolotearme el inolvidable recuerdo de La Maga, ese libro trajo a mi memoria, que luego de muchos años, había regresado a mis manos por una amiga de la infancia que había vuelto a ver gracias a la intervención entrometida del internet. Inmediatamente supe que tendría que agradecer su gesto, y pensé en obsequiarle un libro como agradecimiento.
Como buen domingo feriado argentino, no encontraría ninguna librería abierta. Así que me dispuse al menos a escribir un correo de computadora para ella.
Pensé mucho qué redactarle, no soy muy buena para estas cosas.
Cuando terminé el mensaje sólo me faltaba un pequeño detalle. Entonces fue cuando divisé en el monitor un papelito adhesivo en el que se leía: “llamar a mi hermana”.
Cuál sería la razón que motivara esa sugerencia en mi pantalla, pues no tenía nada trascendente que contarle a mi hermana, pero bien podría ayudarme en este vericueto.

-           Hola, sí...  ¿quién habla?
-          ¡Hola hermanita! ¡Necesito que me ayudes!
-          ¿Qué es lo que te tiene tan alterada?
-          Me levanté a la mañana, por una extrañeza que ahora cobra sentido, con una escarapela en el canesú del pijama,
-          ¿Qué?
-          Si, bueno, lo importante es que eso me condujo al calendario, y pude observar que hoy es 9 de julio.
-          Y entonces…
-          Que gracias a ese descubrimiento recordé a Julio, Cortázar, y busqué el libro que estoy leyendo.
-          Y…
-          Y caí en la cuenta que lo había recuperado gracias a una amiga de la infancia, ¿te acordás que te conté de ella?
-          Sí, ¿y?
-          Y pensé que sería bueno obsequiarle otro libro como un buen gesto de mi parte.
-          Pero…
-          Pero como buen feriado de Independencia está todo cerrado, y me puse a escribir un correo para ella.
-          Entonces …
-          Entonces, que al terminar de escribirle me faltó un detalle sumamente importante pero…
-          ¿Pero qué?
-          Que antes de perder el juicio por un simple detalle noté en la computadora un adhesivo que dice que te llame.
-          Y…
-          Y que no se bien para qué lo puse allí, pero el destino me ha jugado a favor y necesito que me ayudes
-          ¿En qué, Libertad?
-          ¡Celeste! ¡Me tienes que decir…!
-          ¡Qué!
-          ¡Celeste!.. ¿Cómo se llamaba mi amiga?