Vuelos, descensos y caídas del taller literario de la Asociación Cultural Rumbo

11 de enero de 2012

CRÓNICAS DE HÜYÜKZAL, por Evangelina Arroyo


(Fragmentos del diario de viaje de Bellela Polo)



4 de abril

Arribamos al poblado por casualidad. En vez de tomar la ruta correspondiente, la que giraba a la izquierda, hicimos lo contrario por un capricho del destino y entonces nos topamos con el inmenso cartel y el nombre tallado finamente: “Hüyükzal”.
Lo que nos sorprendió fue el resplandor nocturno que revestía el lugar, no sólo porque entramos en él a las 2 de la tarde con el sol en la frente, también advertimos que las calles y las casas estaban repletas de faroles encendidos de manera constante. Notamos, además, que había una plaza principal en cuyo centro se destacaba un observatorio astronómico (evidentemente, a los lugareños les apasionaba mirar las estrellas).  Mientras recorríamos el pueblo, pudimos percibir que las casas eran altísimas y todas estaban pintadas de blanco, color  que sobresalía pleno en tanta penumbra. Nos llamó la atención una serie de bicicletas aladas yaciendo sobre las veredas. Supusimos que era el medio de transporte utilizado en aquel pueblo. Todas eran iguales: mismo tamaño, misma textura.


7 de abril

Desde el río, que se hallaba a unos diez metros de la plaza, escuchamos una melodía, creo que un vals o algo así, luego un jolgorio estrepitoso que resonó en nuestros oídos. Melquiado y yo apostamos por una fiesta popular; el Dr. Remi y Camila dijeron que bien podría ser una gran fiesta de cumpleaños. Decidimos acercarnos despacio para no revelar nuestra condición de turistas curiosos. Fue la primera vez que vimos de frente a los habitantes de Hüyükzal. Llevaban tatuado en la frente un signo indescifrable aún para nosotros, intrépidos y asiduos viajeros, un signo que podría semejarse por su ubicación a lo que en otras culturas denominan “tercer ojo”; sus rostros, inundados de palidez y con gesto sereno, denotaban la fragilidad de sus cuerpos casi áureos y esbeltos. Sí pudimos descifrar con rapidez que los hüyükzalanos hablaban el esperanto, esa lengua de utopías que nos sabíamos de memoria y de la cual nos servimos –afortunadamente- para comunicarnos con ellos. Gracias a esto, nos contaron que allí todo evento social y personal se llevaba a cabo por  las noches, ya que sus vidas enteras transcurrían en la negrura.
Luego de haber establecido contacto, fuimos invitados a compartir el misterioso festejo: simplemente se trataba del  aniversario de la niña más radiante del pueblo.


12 de abril

Se podría decir que Hüyükzal era un pueblo feliz. Sus habitantes vivían en armonía con todo lo que los rodeaba, y a pesar de no estar señalado en ningún mapa del mundo, ni  siquiera en los más antiguos, ellos seguían adelante con sus costumbres excepcionales y maravillosamente noctámbulas.
Nos hubiese gustado quedarnos allí por más tiempo; el solo hecho de vivir en  un paraje tan crepuscular como aquél, nos daba mucha tranquilidad en el corazón.
Tal y como habíamos planeado, debimos continuar nuestro camino hacia la región del Mar Negro, dejando atrás a los hüyükzalanos y el recuerdo de un pueblo inmerso en la noche más arcaica del mundo.


15 de diciembre de 2011

UNA LUZ EN LA VENTANA, por Blanca Ciffo

Una luz entró por la  ventana, apareció otra y otra. Fueron multiplicándose, como así también se diferenciaban   entre ellas  por sus  tamaños y variedad de  colores.
Por un momento creí tener el firmamento dentro de mi habitación. A todas las veía en constante movimiento,  menos una que se había posado sobre mi rostro y me atraía  demasiado.  Precisamente esa luz  no me transmitía  la suficiente calma que ofrece el arc iris después de diluviar. Ella quería  llevarme.  Sólo atiné  a decirle que se marchara  y  que aún  no estaba preparada  para ese viaje desconocido. En vano fueron mis súplicas  porque, ahí se quedó  inmóvil y yo tratando  de escapar de esa situación.

Luego comenzaron a entrar  nubes de plumas que  explotaban al rozarse.   Llegaron   a formar una  muralla a mí alrededor.  Ya no veía las luces.
Sentí mucho miedo y  frío a la vez. Pensé  en el frío de la muerte. Las plumas seposaron sobre mi cuerpo aún latente, como si quisieran darme  abrigo.
La transmutación se hizo presente en todo mí ser, con  largas y ágiles  piernas corriendo sin rumbo alguno. Me habían crecido alas pero no podía  volar.
Al instante por esa misma ventana entró una gran lombriz, no le di mucho tiempo para desplazarse, porque la devore.

Trataba de salir de ese lugar. Todo se entremezclaba, el temor y la risa al sentir ese extraño contacto que me producían tantas  plumas en los brazos, en el cuello.

De pronto pude despertar y comprobar  cómo  la luz del alumbrado público traspasaba las hendijas de la cortina metálica.
Las plumas de mi almohada se habían esparcido por toda la cama.

UN PEQUEÑO JUEGO, por Claudia Maglio

Mi familia, es muy singular, un poco excéntrica, rayando con la mediocridad y la decadencia de la oligarquía que debió salir a trabajar y mezclarse con los aromas del populacho a los que, por supuesto, no estaba acostumbrada. Tal vez ello explique algunos de los ritos y juegos con los que se entretenía desde antes que yo naciera y que continúan hasta hoy día. 
Vivimos todos con mi abuela materna en una casona de principios del siglo XX y que aún se conserva, aunque derruida en algunas de sus partes o con goteras y pequeñas a medianas manchas de humedad en sus techos por falta de estipendio para subsanarlas. Nada de esto importó nunca a la familia, pues creo que en negación a la intolerable realidad, siempre vimos a la casa como lo fue en sus tiempos gloriosos de carruajes, fiestas, servidumbre, costosos vestidos, joyas, elegantes habitantes de una monstruosa fantasía que se mezclan con aromas a jazmines, mata polillas y alcanfor.
Todas las semanas se realizan sesiones espíritas en las que participan todos los miembros de la familia, tanto encarnados como desencarnados, es decir, los que para el vulgo serían vivos y muertos. Son muy lindas estas reuniones ya que generalmente viene algún conocido a visitarnos. En el barrio todos saben que somos espiritistas por eso creo que a veces nos observan con caras asustadas, o con deseos de enviarnos a la hoguera. Sí, definitivamente eso explica porque cada vez que pasan por delante de nuestra casa todos irremediablemente se persignan.
Esta actividad al igual que otras las consideramos una forma de reunir más a la familia, de demostrarnos nuestro amor y, como ya he explicado, evadirnos un poco de la triste realidad.
Apasionados por generaciones a la lectura de los libros policiales, se decidió hace muchos años, una vez por mes jugar a Los Detectives. Cómo es?, muy sencillo, generalmente preparaba todo mi abuela y cuando ella se fue tomó su lugar mi madre, mi hermana mayor y luego yo. Las bajas se dan siempre por partidas al más allá, nunca por otra razón. El juego consiste en fraguar un asesinato, ideado por quien dirige el juego y el culpable, tomamos los roles de víctima, asesino, sospechosos y un detective, este último se rota ya que todos queremos sentirnos un Sherlock Holmes, o miss Marpple, Messier Poirot, el comisario Maigret o el  Padre Brown alguna vez.
Se debe planificar muy bien los detalles del crimen, móvil, coartadas, lugar del hecho, en fin una serie de situaciones y escenas con algunos datos a descubrir, como cartas, mensajes y más. En esto pueden ayudar al “director” aportando ideas el resto de la familia excepto aquél que será el detective.
Cuando todo está preparado, se lleva a cabo un asesinato y el llamado a un inspector que tratará de hallar al o los verdaderos culpables. Este juego lleva días de investigación, interrogaciones a los sospechosos, búsqueda de pistas y hasta estudio de la escena del crimen y el cadáver. Como la casa es muy grande hay muchos lugares para investigar, algunos habituales y otros poco visitados y a veces tétricos, como el desván. Por supuesto nadie debe dar pistas, ni ayudar, y como la tentación siempre surge es por eso que el único que sabe quién es el asesino son el autor y el director del juego. La mejor en esto, sin lugar a dudas ha sido mi abuela que preparaba cada escenario tan bien que hasta esparcía sangre, daba vuelta o escondía las cosas haciendo muy difícil resolver cada caso.
Hemos pasado muchos años haciendo esto, es realmente apasionante y aumenta la adrenalina a medida que nos vamos acercando a la verdad. Sólo en una ocasión sufrimos un “pequeño accidente”, y lo escribo entre comillas porque es el día de hoy que nadie en la familia sabe qué ocurrió en realidad.
Cierta vez mi abuela había organizado todo el juego, la víctima era una de mis tías, apareció con el cuello cortado envuelta en sangre en medio del jardín de invierno, rodeada de hermosas flores, al igual que un ritual. El hecho era desconcertante y en esa ocasión mi tío Braulio tomó el rol de detective, a él siempre le gustaba hacerse pasar por Auguste Dupin, el célebre detective de Edgar Allan Poe. Durante días buscó, revisó, nos entrevistó a cada uno y no halló ni una señal o pista que diera con el o los asesinos. Lo más difícil fue cuando el cadáver desapareció, mi tía no se hallaba por ningún lado, realmente realizó una excelente actuación. Todo estuvo brillante, cada uno de nosotros aunque quisiésemos ayudar nada sabía, y a veces la curiosidad hacía que nos pusiéramos a ayudar al detective en su búsqueda. Pasaron así varios días, cada noche nos acostábamos pensando en lo bien que había planificado esa vez el asesinato mi abuela y casi no dormíamos por pensar y dilucidar la verdad. Claro que todo tiene un fin, al cumplirse dos meses de la desaparición del cadáver, algunos sobretodo mi tío Braulio comenzó a ponerse nervioso y a pedir que acabáramos con ese juego. La tensión aumentaba con los días y aunque buscáramos a mi tía, ahora ya todos, ninguno la hallaba, mi abuela juraba y perjuraba que no sabía nada, que la sangre era la que ella hacía exprimiendo carne, mi prima Elba quien se suponía era la asesina de su madre sólo lloraba y gritaba por su mamita. A mis tíos se les ocurrió llamar a la policía, a lo que mi abuela se negó pues cómo explicaríamos el juego y la desaparición sin caer como sospechosos algunos o toda la familia? Nuestro apellido sería pisoteado y correría de boca en boca, no se podía permitir semejante escándalo.
Fue así como el tiempo pasó, nunca pudimos terminar bien ese juego. Claro que luego de un tiempo prudencial, en que los ánimos de todos se calmaron, volvimos a jugar. Siempre lo tomamos como una travesura de mi tía, ya que su cadáver nunca apareció; pensábamos que se había fugado tal vez por no querer jugar más. Mi prima Elba pasó del llanto a la furia junto a mi tío Manuel, hija y esposo de la desaparecida, aunque nunca me quedó claro si fue por su fuga o por haber abandonado el juego, a veces algunos de mis familiares son tan particulares…
Hace dos años, en una hermosa sesión espírita, se videnció el espíritu de mi tía, lo que nos dio la pauta de que ya partió al más allá, lo que aún no sabemos es si fue por su propia voluntad o porque alguien la ayudo. Ella sólo mostraba su cuello cortado y nos señalaba a todos por lo que suponemos que algo de asesinato o suicidio sucedió, tal vez nunca lo sepamos, lo que sí sabemos con seguridad es que su cadáver nunca apareció.

22 de noviembre de 2011

AUTOBÍO, por Victoria Marin


Ya te olvidé.
La flor del jardín más lindo,
la del cantero grande, al lado de los jazmines.
La que regué el día que cumplí dos años.
La que tenía mi abuela.
Ya te olvidé.
El cuento del gnomo del árbol.
El que fabricaba brebajes 
de alcohol y de manzana.
Ya te olvidé.
La cuna vacía al costado.
Golpe de puño en el alma.
Tu nombre en cada esquina de una casa.
Ya te olvidé.
El pelo atado a fuerza de cintas como alas,
que en las tardes de la escuela
volaban entre sumas y restas.
Ya te olvidé.
La calle de punta a punta
recorrida en bicicleta,
hasta que el sol se ponga
y antes de que oscurezca.
Ya te olvidé.
El primer desvelo causado
por descubrir que la noche sigue
aunque la persiana se cierra.
Ya te olvidé.
El cuerpo a cuerpo temprano,
goce en un mar de estrellas.
El huracán y después la calma.
El olor, el gusto, el miedo.
Ya te olvidé.
La risa insostenible hasta las lágrimas
la que contagia
hasta el hartazgo de morir riendo.
Ya te olvidé.
El amor primero,
el más sano,
el más limpio,
el más eterno.
Ya te olvidé.
La imaginación como política
y la música como credo.
Ya te olvidé.
Ya te olvidé.
Y no puedo.


21 de noviembre de 2011

EL EXTRAÑO, por Evangelina Arroyo

Cuando nació, lo llevaron debajo del olivo para que fuera bendecido por el sacerdote del pueblo. Gloria, su madre, apenas veinte años, supo desde el comienzo que su hijo venía signado por quién sabe qué extraña fatalidad. Su padre, albañil de oficio y embustero de profesión, sólo le garantizó un nombre y su apellido: Alfredo Cañeda.
Alfredito tuvo infancia feliz y padres más separados que unidos bajo el mismo techo, pero no por ello dejó de ser alguien a quien le gustaba divertirse. Cuando tenía cuatro años, conoció a unos niños que vivían a pocos metros del arroyuelo. Eran los hijos del pescador, unos trillizos muy sociables que lo invitaban a jugar todas las tardes cerca del agua. Un día le obsequiaron un nido de colibrí lleno de flores silvestres para su mamá. Luego, un ramo de “cola de zorro” para que ahuyentara los mosquitos. Pero el mejor presente que recibió el pequeño fue una pluma blanquísima de paloma mensajera. Alfredito fue corriendo a su casa con la pluma en la mano y, al llegar, la guardó debajo de su almohada. Esa noche durmió tan profundo que apenas susurró en sueños. Cuando despertó, no encontró la pluma donde la había guardado; en cambio, sintió en su espalda un pinchazo, una grieta, algo que brotaba. Como no llegaba a verse, le preguntó a su mamá qué tenía detrás, sí, mami, acá, en la espalda, con llanto dolido y desesperado.  Gloria dudó en acercarse, puesto que nunca en su vida había visto una cosa como aquella. Para distraer y no asustar a Alfredito, le  dijo que era una astilla, seguro que se te pegó en la ropa jugando ayer con los chicos. De ese modo lo tranquilizó un poco, pero quedó pensativa durante unas semanas.
Eso que tenía en la espalda se multiplicaba por dos, por cuatro, hasta que un par de  enormes alas abrazaron  al niño. Una tarde tuvieron que descolgarlo de un sauce porque el viento lo había elevado tanto que no alcanzaron a sostenerle los pies. Su madre, ya sin saber qué hacer, lo encomendó al Señor, a la Virgen y a todos los Santos conocidos.
Alfredo tuvo que crecer encerrado, contemplando el sol desde la ventana y recibiendo las pocas visitas que se atrevían a enfrentar semejante ser. Nunca más vio a sus tres amigos; sólo escuchó que se habían ido del pueblo viajando río arriba.
Sumido en una profunda soledad y abatido por el peso de sus alas, Alfredo saltó desde el techo de su casa con la obsesión de salir volando y no regresar nunca más a ese poblado. Pesaba tanto su plumaje, que ni siquiera el viento de la tormenta pudo elevarlo suficientemente como para llevar a cabo su propósito. Luchó y luchó contra la pesadez, la tormenta aumentaba su furia, había plumas esparcidas sobre el suelo.
Al atardecer, una vez pasada la lluvia, Gloria advirtió que su hijo no estaba en la cama ni tampoco en el resto de la casa. Corrió hacia la calle, un tumulto de gente rodeaba un árbol. Mientras llegaba al lugar, se encomendó al Señor, a la Virgen y a todos los Santos conocidos. No quiso mirar a Alfredo, su niñito, que yacía muerto con alas blanquísimas debajo del olivo donde había sido bautizado.


20 de noviembre de 2011

ARTICULOS PARA EL HOGAR, por Blanca Ciffo

Recuerdo que, aquella mañana, cuando subí a mi auto para dirigirme al centro comercial,  recién estaba amaneciendo.

El viento azotaba con fuerza y golpeaba contra las chapas del automóvil como si quisiera arrancar las puertas, el techo, todo era temblor.  Y vino a mi memoria “La tramontana”, uno  de  Los doce cuentos peregrinos de  Gabriel García Márquez, pero no era primavera ni otoño y ese camino no llegaba a Cadaqués.
 
Fue enorme mi sorpresa al encontrarme conduciendo de una manera experimentada, ya que  nunca antes nadie me había enseñado ni siquiera dónde estaban los cambios y, más aún, porque en ocasiones anteriores  yo había  actuado como si no hubiese tenido auto.

Crucé el descampado camino a la ciudad cuando el sol ya comenzaba a iluminar  el dorado trigal que se hamacaba tanto como yo.  Ese sembradío estaba muy bien custodiado por un espantapájaros, del que  alcancé a ver el deshilachado  sombrero de paja que tenía sobre su cabeza y me extrañó que el viento no se lo hubiera volado. Aquel espantapájaros  parecía  por momentos un ser sobrenatural, al verlo nuevamente al costado de la ruta.

A llegar a dicho comercio y cuando estaba por  introducirme en él, me di cuenta de que yo no me había cambiado la ropa de dormir, que aún tenía puestas las medias, las pantuflas, el pijama y  una descolorida campera azul.
Como necesitaba varios alimentos no le di importancia a este descuido  y encaré para las góndolas de los comestibles.

Apenas  crucé el molinete una empleada del local se interpuso delante de mí.  Seguí sorprendiéndome al observar que  esta delgada mujer sobrepasaba los dos metros, mi cabeza apenas si  le llegaba a su cintura. No todo terminaría ahí, pues, ella tenía puesto una campera igual a la mía. Esa mujer desvió mi  rumbo hacia el sector de artículos para el hogar.

Seguía sin entender y cada vez más confundida.

Estuve en ese lugar tan preciado para un ama de casa,  ya  cansada de escuchar  el tañer  de mil campanas, el golpeteo de la prensa de la industria vecina,  las batucadas y el ventarrón.  Todos estos ensordecedores   ruidos  juntos  metidos dentro   de mi desfalcado lavarropas automático  cuando está en marcha.

Aparentemente un vendedor se había percatado de mi interés por aquellos electrodomésticos, quien   vestía un traje azul  pero había un detalle que no combinaba:  llevaba puesto un sombrero igual al del  espantapájaros. Éste aprovechó para descargar todo su convencionalismo ofreciéndome  la compra de los productos en muchísimas cuotas mensuales.
Un lavarropas nuevo con todas sus funciones y al ser nuevo sería silencioso,  una gran cocina  de acero inoxidable  similar a la que tienen en las escuelas, con grandes hornallas, y un horno en el cual podría cocinar  hasta diez pizzas a la vez o quizás preparar la comida para toda la semana y luego freezarla. (A veces las tareas hogareñas me impiden concurrir a gimnasia). Pensé en  un buen  equipo de música de alta definición.  Así, después  de haber puesto la ropa a lavar y la comida en el horno, distendida  aprovecharía a ejercitar los pasos de baile que realizaba en  la rutina aeróbica del gimnasio.

Deliberadamente, concreté dicha compra, empeñando el sueldo de un jubilado argentino a largo plazo, adquiriendo todos esos productos.

De regreso a mi casa, ya no vi más ningún espantapájaros en los campos y comprobé que no llevaba nada de comestibles. Inmediatamente,  llegó  mi arrepentimiento y me  atormentaba pensando en  la reacción que tendría mi  marido al enterarse de aquella descabellada adquisición.

Me agarré fuertemente del volante al tiempo que aceleraba más y más.   

 Pero nuevamente el ventarrón, el ruido de las campanas, de  la prensa y el desmantelamiento del auto.  Del auto  que yo no poseía. Todos esos ruidos al unísono lograron  despertarme de mi siesta. Mis ojos que no podían despegarse, como si no correspondieran a este mundo.
Al costado de la cama estaba mi marido observándome con un  mate en la mano y sobre la cabeza llevaba el sombrero de paja que acostumbra a usar par protegerse del sol.

Entonces  di un salto,  me puse las pantuflas, la campera azul y a pesar del insoportable bochinche,  sentí un enorme alivio al  recordar  que  había dejado el lavarropas funcionado antes de acostarme a dormir.

19 de noviembre de 2011

AUTOBIOLOGÍA, por Claudia Maglio


Los zapatitos me aprietan porque mis juanetes y el espolón están cada día peor.

Mi colesterol y la diabetes  se cotizan bien en la bolsa, pues están en alza al igual que mi maldita presión.

De la cintura y caderas, mejor no hablemos. Se empeoran, empecinadamente, cada día más. Ya casi no camino y menos pensar en agachar.

Nací bella, sana, mas ahora qué me pasó? La vida, diría mi madre.
Los años, el cuadrúpedo de mi marido.

Es verdad, los años no me han pasado en vano.

Me cuesta levantarme cada mañana.

Si me río o toso, me meo, el prolapso ya ha hecho su aparición.

Me olvido de las cosas, más las disimulo diciendo que son tan sólo distracción.

Las várices, azules han dejado mis piernas y hasta                                                                                                       el ano me han invadido pues unas hermosas hemorroides me han aparecido.

El asma se recrudece y uso tanto salbutamol que arruino cada vez más el corazón.

Por las noches jadeo que soy la envidia del barrio,
pues creen que en todas ellas a mi marido agarro.

Los calores cada día más me invaden, la menopausia produce estragos.
Bochornos, diría mi abuela. Viejazo, los imberbes de mis hijos y ostentación, según mi marido.

Mis ciento ochenta kilos son tan solo por falta de ejercicio
que no puedo hacer por todo lo antes dicho,
pero estoy pensando en hacer un régimen extremo, agua, lechuga, diuréticos y laxantes. Liviana seguro me sentiré, adelgazar, no sé.

Mas todo va bien, salvo que llevo meses esperando que PAMI apruebe mi medicación,
 estos bestias me la darán cuando ya me hayan colocado en un cajón.

Y ahora debo dejar de escribir la artrosis en mis dedos no me permite seguir.


17 de noviembre de 2011

LA ESPERA, por Claudia Maglio





Recorría el parque como todas las mañanas. Me senté en uno de sus bancos donde se encontraba un extraño hombre absorto, mirando un punto fijo, meditando. Vestía de forma elegante con traje, bastón en mano, quevedos y sombrero bombín.
De pronto reparó en mí y me dijo: “Disculpe señorita, hace mucho que la observo caminando por aquí todos los días, pero es la primera vez que se sienta a mi lado”. “Puede ser. Yo nunca había reparado en usted”, contesté. “Don Gaspar Alonso Heredia, encantado. Y, ¿vuestra merced?”  “Diana” “Sabe, Diana, yo sabía que algún día usted vendría a sentarse aquí, a mi lado. La verdad es que la esperaba…”
“¿Me esperaba?”
“Sí, tengo tanta necesidad de conversar, y usted se ve confiable. Hace cincuenta y nueve años que espero relatarle a alguien lo que me ha sucedido. ¿Le importa si lo hago?”
“¡Sí, quiero decir, no! Cuénteme, soy toda oídos”
“¡Bien! Yo soy Contador Público Nacional, hombre de Alem, Hipólito Yrigoyen y Balbín. Siempre he sido honrado, así me educaron, y la palabra de honor tiene más importancia que una firma en un papel cualunque”
“Vea mocita” continuó, “Todo sucedió tan rápido que a veces debo hacer memoria para recordar. En el cincuenta y dos, unos amigos me avisaron de una muy buena inversión en acciones. Debía conectarme con un señor. Lo telefoneé y quedamos en encontrarnos acá. ¡Sí, acá! En este mismo lugar. Eran las cinco de la tarde, llegué puntual. ¡Detesto la impuntualidad! Pero el señor resultó ser un tipejo de baja calaña. Comenzó a dar vueltas con palabras incoherentes con respecto a la transacción. De pronto sentí la presencia de dos personas a mis espaldas. Uno me tomó por el cuello y me pidió dinero y joyas. Cuando quise meter la mano en el bolsillo interior de mi saco, un cuchillo me tocó sin lastimar mi costilla derecha, era de otro que también me atacaba por atrás”.
“Le entregué la plata, mi alianza y el chevalier al que tenía enfrente.  Fue todo uno, la toma de mis valores y un cuchillazo en el corazón. Siguieron los que estaban por detrás. El que me tenía por el cogote, me lo clavó por la izquierda; el otro, por el pulmón derecho”.
“¡Ay juna! Me mataron, pensé. Me llevaron a un costado y salieron corriendo.”
“Por un tiempo quedé allí tirado, confundido, sin saber lo que realmente me sucedía. De a poco, muy lentamente, me pude ir dando cuenta de la realidad. ¡Estaba muerto! ¡Sí! ¿No me cree? Mire aquí, todavía el puntazo en el corazón sangra. ¿Lo ve? Y en la espalda igual. Fíjese m’hija, observe el saco roto, mojado y pegoteado. ¡Toque, por favor, toque!”
Con mucho miedo teñido de asco tomé valor y observé que mis dedos se manchaban con sangre y sentí el olor nauseabundo que de sus orificios emanaba. Comprobé perpleja y aún dudando que ese hombre me decía la verdad.
“Pero…”
“¡Sí, ya sé! No comprende ¿verdad?” “Al principio yo tampoco podía entenderlo pero, es así. Hace cincuenta y nueve años que espero a que esos desgraciados vuelvan. Dicen que los asesinos siempre vuelven a la escena del crimen, ¿no es así?”
Atónita le contesté, “Sí, claro. Es cierto.”
“Mire, mi niña, se olvidaron de quitarme mi reloj de bolsillo, supongo que por el apuro. ¡Acá está! Fíjese, se quedó clavado en la hora de mi muerte, las siete de la tarde. Ah…, pero yo sé que van a venir…”
“¿Y su familia no lo buscó?
“¡Claro, mi niña! Pero…, no me encontraron. Los sabandijas me empujaron hacia esos árboles, ¿ve entre las acacias y aquella magnolia? Justo ahí. La policía y mi familia me buscaron, pero siempre que pasaban al lado de mi cuerpo miraban sin mirar. Al final me cansé de hacerles señas y decirles dónde estábamos mi cadáver y yo. Los mandé al diablo ¡Buenos para nada, la policía y ellos!”
“Pero… ¿usted realmente cree que está muerto?”
“¡Más vale! Además se me presentó el ángel negro, no sé si usted ya lo vio. Es uno grande, oscuro, que tiene cabeza sin cara. Tiene un velo y una capa negra metalizada brillosa. Se desliza, no camina. Tiene brazos sin manos y piernas sin pies. Él fue el que me dio la bienvenida al mundo de los muertos, al mundo espiritual. Me quería llevar, pero yo no quise. Me negué férreamente y le expliqué que hasta no tomar de los fundillos a esos cacos y darles un buen susto, no me iría de aquí. Porque le repito, ¡sé que van a volver!”
Siguiendo su juego, le dije: “¡En cincuenta y nueve años es un poco difícil, si no lo hicieron antes…!”
“No me importa, si algo tengo de bueno es mi paciencia, sé esperar. Así, como a usted, después de tanto tiempo de observarla caminar por este parque y no verme, hoy vino, se sentó a mi lado y se puso a conversar conmigo… ¡Algún día ellos también llegarán!”
Asustada, acongojada, me excusé ante don Gaspar y me alejé. Los ojos a cada paso se nublaban más por las lágrimas y mi corazón replicaba en la garganta ahogándome. Estaba destruida, asombrada, confundida y, mientras pensaba en mi nueva condición, un niño con su patineta mi cuerpo atravesaba.

11 de noviembre de 2011

LAS APARECIDAS, por Evangelina Arroyo


Cada vez que me siento a escribir, anoto sus nombres en el encabezado de la página. Se trata de ellas, mis musas a la hora de dialogar con la poesía. Las he leído, me he bebido sus palabras y en ellas pienso cuando la noche se hace insoportable. Mi manera de invocarlas es una necesidad, un trago dulce que me empuje al vacío y me rescate de la hoja en blanco.
Creo que de tanto llamarlas en medio de la oscuridad, se desencadenó este sospechado aquelarre.
Hace dos días, mientras trabajaba en un poema, escuché una melodía detrás de la puerta. Hubo primero un destello lila, enseguida una explosión de astros en la ventana: aparecieron sin anunciarse mis diosas y se posaron sobre la mesa.
La primera en hablar fue Marosa-mariposa. Tras haber pasado la noche en un bosque negrísimo y candente, se quejaba porque la luna la había abandonado en pleno sueño. Me dijo que quería recortarla del cielo y dársela de comer a las hadas, o quizás a los perros del agua. También creía conveniente hacerlos saltar y traerla de los pelos para que pidiera perdón a los zapallos.
Mi estupor fue tan grande que borré sin querer los versos ya garabateados en la pantalla. No supe qué decirle, la notaba impaciente, yo intentaba apurar una respuesta, y de pronto una voz interrumpió su discurso. Era Olga, envuelta en mística y hermosura, junto a su fiel Berenice. En su mano llevaba un arcano (creo que “La sacerdotisa”), no pude verlo bien porque apenas dirigí la mirada hacia él, lo escondió debajo de su túnica de niebla y entonó un salmo que yo sólo había oído en duermevela: “Olga: mujer-gata, mitad oropéndola, mitad oleaje embravecido.”
Asomaba sin querer Alejandra como niña descalza en secreto. Tenía en su rostro algo de Casandra, un vestigio de luz y locura haciendo juego con sus ojos. Pronuncié su nombre completo y sonó a flor de lis en la tormenta, a pieza de baile en un salón urdido por la soledad. Le pregunté sobre los poseídos, pero no quiso hablarme. En cambio, balbuceó unas palabras acerca de la sombra y la agonía que vendrán.
De un momento a otro se fueron. Me dejaron sola en el umbral de la poesía. Desde entonces, una mariposa, un oleaje, una flor de lis me acompañan y no me sueltan la mano.


MALA MEMORIA, por Victoria Marin

Me levanté esa mañana con una intranquilidad propia de los días que uno sabe que debe hacer algo pero no recuerda qué es lo que debe hacer. Por una acción sistemática de cada domingo, calenté agua y me preparé un café. No tardé en darme cuenta que, sobre mi pijama y lejos de algún composeé, traía puesta una escarapela.
No es muy común irse a la cama con una escarapela en el pecho, por lo que deduje que aquello era una señal.
Inmediatamente esta situación me condujo al calendario. Lo ví todo más claro. Era 9 de julio y lo sería todo el día. Advertir tal efeméride me recordó que debía terminar el libro de Julio Cortázar, que jugaba a la rayuela en las baldosas de mi cocina.
Algún motivo muy importante debería tener para dejar ese libro entre manteles y platos hondos, y no en la biblioteca donde acostumbra uno dejar a los libros. Además de revolotearme el inolvidable recuerdo de La Maga, ese libro trajo a mi memoria, que luego de muchos años, había regresado a mis manos por una amiga de la infancia que había vuelto a ver gracias a la intervención entrometida del internet. Inmediatamente supe que tendría que agradecer su gesto, y pensé en obsequiarle un libro como agradecimiento.
Como buen domingo feriado argentino, no encontraría ninguna librería abierta. Así que me dispuse al menos a escribir un correo de computadora para ella.
Pensé mucho qué redactarle, no soy muy buena para estas cosas.
Cuando terminé el mensaje sólo me faltaba un pequeño detalle. Entonces fue cuando divisé en el monitor un papelito adhesivo en el que se leía: “llamar a mi hermana”.
Cuál sería la razón que motivara esa sugerencia en mi pantalla, pues no tenía nada trascendente que contarle a mi hermana, pero bien podría ayudarme en este vericueto.

-           Hola, sí...  ¿quién habla?
-          ¡Hola hermanita! ¡Necesito que me ayudes!
-          ¿Qué es lo que te tiene tan alterada?
-          Me levanté a la mañana, por una extrañeza que ahora cobra sentido, con una escarapela en el canesú del pijama,
-          ¿Qué?
-          Si, bueno, lo importante es que eso me condujo al calendario, y pude observar que hoy es 9 de julio.
-          Y entonces…
-          Que gracias a ese descubrimiento recordé a Julio, Cortázar, y busqué el libro que estoy leyendo.
-          Y…
-          Y caí en la cuenta que lo había recuperado gracias a una amiga de la infancia, ¿te acordás que te conté de ella?
-          Sí, ¿y?
-          Y pensé que sería bueno obsequiarle otro libro como un buen gesto de mi parte.
-          Pero…
-          Pero como buen feriado de Independencia está todo cerrado, y me puse a escribir un correo para ella.
-          Entonces …
-          Entonces, que al terminar de escribirle me faltó un detalle sumamente importante pero…
-          ¿Pero qué?
-          Que antes de perder el juicio por un simple detalle noté en la computadora un adhesivo que dice que te llame.
-          Y…
-          Y que no se bien para qué lo puse allí, pero el destino me ha jugado a favor y necesito que me ayudes
-          ¿En qué, Libertad?
-          ¡Celeste! ¡Me tienes que decir…!
-          ¡Qué!
-          ¡Celeste!.. ¿Cómo se llamaba mi amiga?